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La imaginación novelesca. Bernal Díaz entre géneros y épocas by Oswaldo Estrada (review)

From: Arizona Journal of Hispanic Cultural Studies
Volume 16, 2012
pp. 348-349 | 10.1353/hcs.2012.0018

In lieu of an abstract, here is a brief excerpt of the content:

La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España ha sido una de las crónicas de Indias de recepción más afortunada. Desde muy pronto fue tenida por fiable referente documental, a la par e incluso por encima de otras historias de carácter más canónico y “oficial” como las de Gómara y Solís. Ya en el siglo XX, la atención a esta obra se extendió de la historiografía erudita al ámbito de la creación literaria, que convirtió la Historia verdadera en un referente de la prosa hispanoamericana a causa, principalmente, de la espontánea vivacidad narrativa de que hace gala su autor, Bernal Díaz del Castillo (1496–1584). De los escritores contemporáneos que manifestaron su interés y admiración por la antigua crónica, basta con remitirse a Carlos Fuentes, Pablo Neruda o Juan Benet.

Oswaldo Estrada realiza en La imaginación novelesca un completo estudio narratológico de la Historia verdadera. Pese al título, el libro no supone un intento –que hubiera resultado a todas luces anacrónico- de presentar a Bernal Díaz como novelista. El autor no dedica demasiado tiempo a discutir la conveniencia o no de ese tipo de aproximaciones, pero sí deja bien clara su intención de demostrar la presencia de recursos novelescos dentro de la obra bernaldina. Es, de todos modos, muy significativo el hecho de que sea a partir de aquellos mismos años cuando dichos recursos (en torno al lenguaje, la caracterización y la organización del relato) pasaron a considerarse propiamente “novelescos,” es decir, que Bernal Díaz compusiera su vasta crónica poco después de la primera edición del Lazarillo y no tantas décadas antes del Quijote y el Guzmán de Alfarache.

A propósito de esta circunstancia literaria, el primer capítulo trata de contextualizar la Historia verdadera según las relaciones que la estética renacentista establecía entre realidad, ficción y literatura. El modelo historiográfico de mayor prestigio y vigencia en aquel tiempo era el biográfico y heroico de Plutarco; la proximidad de Bernal a un referente opuesto pero también arraigado en la Antigüedad clásica (el de la Anábasis de Jenofonte), es indudablemente casual. Sin embargo, esa inseguridad del cronista con respecto a una autoridad y tradición eruditas que lo respalden lo llevarán a afirmar la credibilidad de su relato mediante un eficaz e intencionado aprovechamiento de sus “conocimientos como testigo,” presentes en una cultura oral y escrita que comparte con el lector de su tiempo (historia y relatos caballerescos) o que indican de su punto de vista privilegiado como protagonista de la empresa de las Indias (como los americanismos léxicos o la referencia a los códices aztecas como fuente de documentación).

Tres capítulos se dedican posteriormente a las peculiaridades propiamente novelescas de la crónica bernaldina, en los ámbitos antes enumerados. El capítulo segundo, acerca del lenguaje narrativo, destaca la relación casi de confidente que establece el narrador con sus lectores (mediante la apelación directa, el lenguaje íntimo o la profusión de historias secundarias); y también presta atención al empleo de una omnisciencia que supera en capacidad de fabulación la del historiador convencional; por ejemplo, reproduciendo discursos o pensamientos de sus personajes. En la creación de estos, Estrada parece hallar el mayor mérito de Bernal como escritor: en la Historia verdadera, los hechos históricos no varían con respecto a los conocidos gracias a otras crónicas; sin embargo, el interés del lector queda prendido del destino de sus numerosos personajes (86). Cortés es, por supuesto, el principal: no simplemente por los consabidos matices que Bernal aporta a su personalidad con respecto a las heroicas semblanzas previamente trazadas por López de Gómara (o por el mismo Hernán Cortés), sino por la larga evolución de su personalidad en la que se desarrolla como héroe simpático, valiente y astuto (también traicionero) al que la arrogancia y ambición acaban destruyendo. Doña Marina...



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