5

Hacia un nuevo realismo

El 18 de julio de 1936 se sublevó la reacción y empezó la guerra que hoy acaba, oficialmente, en Europa. Orage y tajo de tal ferocidad influyó directamente en la producción literaria. Atentos a la propaganda de su justa causa —y todos los escritores jóvenes de alguna valía se encontraron, ni que decir tiene, en las filas republicanas —los posibles novelistas desparramaron su labor por periódicos, revistas, folletos. La emigración, amarga para los que se quedaron en Europa, amable para los acogidos fraternalmente en América, no ha permitido sino el albor de una obra que el profundo surco de la guerra hará necesariamente germinar.

En una España amordazada lo publicado ha sido insignificante y deleznable. Los supervivientes del 98 siguieron publicando libros que nada añadirán a su gloria. Pérez de Ayala calló, enredado en una posición traicionera. Ramón Gómez de la Serna no hizo sino reeditarse. España, sin honra, no dió un solo nombre nuevo. A última hora suena el de un joven, entre barojiano y jarnesista, Cela. Escribe mal, sin exactitud en la adjetivación; pero sabe contar. El día de mañana puede ser un novelista. Hoy debe su éxito al apoliticismo de su literatura, todavía en fárfara. Buscándose, cae, en “El Nuevo Lazarillo”, en el pastiche clasicoide, donde lo único que tiene sabor es cierto regusto gallego y valleinclanesco de brujas y mendigos.*

Las escuelas parisinas necesitaron del derrumbamiento de Francia para darse cuenta de su propia muerte. Los escritores franceses que, en medio de tanto androginismo, traían un nuevo modo de enfrentarse con la vida, Malraux y Aragón, unidos a algunos novelistas norteamericanos, cuya barbarie técnica traía hálito directo de la calle y el campo, los novelistas soviéticos, de valer muy desigual, pero todos al servicio de la colectividad, y los novelistas iberoamericanos iban a consolidar los cauces de un nuevo realismo. (Los primores alfeñicados por mucho que se les quiera resguardar en alcoholes o algodón suavísimo, se van a morir. Les queda de vida lo que duren los ayes melancólicos de damas ya ajadillas, añorando perdidos salones).

Todo parece predecir el éxito de un realismo que un crítico mexicano, adjetivó trascendente, a mi juicio con acierto. No por la importancia sino por el hecho de ser un arte llamado a traspasar y penetrar en un público cada vez más amplio. Realismo en la forma pero sin desear la nulificación del escritor como pudo acontecer en los tiempos del naturalismo. Subjetivismo y objetividad parecen ser las directrices internas y externas de la nueva novelística. “La Vorágine”, “Las uvas del rencor”, “Los de abajo”, “Les voyageurs de l’impériale”, “L’Espoir” tienen algo de vivido, de periodístico, de humano, de personal, de cotidiano; y nadie las podría confundir con las realizaciones del realismo del siglo XIX. Se han acercado al ambiente no con afán de describirlo, sino de comprenderlo y emitir juicio, y esta es la diferencia fundamental con el naturalismo pasado: el escritor, ateniéndose a la realidad, toma partido.

El estilo se asienta en busca de claridad. Igual que se posa en el fondo de un vaso el barro que la enturbiaba, la lengua camina hacia una recobrada sencillez, no exenta quizá del gusto hacia lo rotundo y definitivo, los refranes y los dichos, lo popular en lo que de mejor realizó.

Dos hombres parecen destacarse en la nueva novelística española : Ramón J. Sender y Paulino Masip.

Falla Sender por lo más: la autenticidad. Así cuente reales sucedidos, algo hay en su expresión que los falsea. Se le escapan, grises, los tipos, los caracteres. Quizá porque su arte no cala lo suficiente. Presenta el caso extraño del escritor realista que se quiere apegar en todo momento a lo real, sin lograrlo. ¿Qué se le escapa? ¿Qué se le va, impalpable, de lo vivo a lo pintado? Se le desvanece ese caudal infinito que hace y deshace: lo auténtico ¿ Por falta de talento? No. ¿Por propia determinación de presentar las cosas como las desea y no como fueron? Tampoco. Fáltale poesía. No esa poesía superpuesta y pegadiza que pedía el “arte nuevo”, colgada al azar, embutida a la buena de Dios como sucede con tanto falsificador y aun, a veces, con poetas de verdad. No. Le falta esa poesía interior que corre por cualquier obra de arte, si lo es. Esta es la razón por la que no logra arrastrar al lector tras el cúmulo de sucesos ingeniosamente referidos. Hombre de mucho escribir, sólo dió una novela de la guerra “Contraataque”, sin alma, ni aliento.

Paulino Masip es, hasta el día, autor de una sola novela: “El Diario de Hamlet García”, donde se relata la vida de un burgués bastante estrafalario y muy real en los días primeros de la rebelión militar. “¿Qué me he propuesto con estas notas? ¿Decirme la verdad a mí mismo? ¿Por qué entonces, me callo cuanto trascurre en los bajos fondos de mi alma y de mi cuerpo?” Unas veces se las calla y otras no. Los personajes secundarios tienen vida propia, el suceso se desarrolla lentamente porque el protagonista es amigo de dar su opinión acerca de todo. El ambiente es justo, la realidad se impone al lector desde el primer momento. La frase es clara, el sustantivo exacto, el adjetivo cabal. Un estilo natural, siempre con la izquierda. Si el cine no se lo traga, Masip puede llegar a ser un claro exponente de la novela española de nuestros días.

José Herrera Petere maneja una pluma todavía insegura. Su acierto mejor “Cumbres de Extremadura” es fiel reflejo de la vida de los guerrilleros, mas cuando se fía del báculo de su imaginación vacila todavía en su expresión. Nada sabemos de la labor propia que haya podido llevar a cabo en Moscú César M. Arconada que manejaba bien su lenguaje.

Nuestra guerra espera todavía su novelista.

Más de un escritor atado a la teorética de lo exquisito abandonó el oscuro bajel al palpar la realidad de su pueblo. Es el caso de Alberti. Es el caso reciente de Jaime Torres Bodet que, no por mexicano, deja de ser muy significativo del correr de nuestro tiempo español.*

“La manera castellana —había dicho Valle— es el realismo, que no es copia sino exaltación de formas y de modos espirituales.” Un arte en el cual la exposición de lo externo no deje de estar en concordancia con la imaginada realidad exterior. Un arte, donde imaginación y realidad contrapesen sus valores. Un arte realista en su figura e imaginado por los adentros.*

Dije, hace muy pocos años, lo que sigue, y con ello acabo:

Los escritores que cumplen hoy sesenta años, la edad de mis padres, pudieron creer, un momento, que todo estaba resuelto; que la humanidad, de pronto, había dado con sus carriles. Pocos sobrevivieron al desengaño. El ejemplo: Stefan Zweig. Mas no sólo se muere muriendo.

Otros, alzándose de hombros, se autoerigieron un monumento en las nubes, como Romain Rolland, sin darse cuenta que les fallaba la tierra, y ellos a su deber. No me refiero al valor literario de sus creaciones, aunque generalmente al hombre que huye le es negada la autenticidad, meollo de lo mejor. En nuestra época, el pacifismo es el más cruel de los engaños. Si un escritor se empeña en no ser hombre de su tiempo, sin vuelo necesario para serlo de todos, ni es hombre, ni es escritor.

Evidentemente, si nos comparamos con nuestros colegas inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa nuestro papel ha venido a ser subalterno; razón por la que muchos, añorándola, no aceptan la que vivimos.

Porque ya no se lucha por la publicación y exaltación de los Derechos del Hombre, sino por su inmediata aplicación, y por su camino más corto y menos brillante: el de los más.

En esta lucha, nuestra posición resulta menos cómoda, menos airosa que la de nuestros antecesores del siglo XVIII, viviendo en palacios que denigraban. Y mucho menos agradable que la de los intelectuales del siglo XIX cuando la ideología liberal parecía traerles la Igualdad y la Libertad —remedos de la Justicia— por manos del librecambismo inglés.

No sólo han cambiado los tiempos. Ahora todos saben lo que tienen que perder, cosa que ignoraban nuestros abuelos, envueltos y apañados —y empeñadospor años de prosperidad. Así surgió en los países ricos a fines del siglo pasado una brillante intelectualidad reaccionaria, mortal muestra de su podredumbre.

Todo se hizo cuestión de “buena voluntad”. ¿Dónde quedan esos hombres? De buenas intenciones, o voluntades, que para el caso tanto monta, están agusanados los restos de sus patrias.

Surgió, por otra parte, en nuestro cielo de intelectuales, y por do más pecado había, un turbión metafísico apadrinado por dos, y aun tres, filósofos judíos, sustentador de irracionalismos con sus secuelas fenomenológicas, y por otra, en el bazuqueo parisino, una especie de gnosticismo superrealista, envuelto en prendas de buen estilo; divorciados del mundo pretendían arrastrarnos a viejas zonas ya deshabitadas, a —como dice el refránpasar noche mala y parir hija. O aun casar en fotomontajes, mejores o peores, irracionalismo y marxismo en desesperado afán de un dualismo impar.

Duro es nuestro porvenir, pero no por eso deja de serlo. Posiblemente nuestra misión no vaya más allá que la de ciertos clérigos o amanuenses en los albores de las nacionalidades: dar cuenta de los sucesos y recoger cantares de gesta. Labor obscura de periodistas alumbradores. Nunca más lejana una época dorada de las letras. Llega al poder una nueva capa que no puede colegir de buenas a primeras la calidad o lo auténtico. Y, querámoslo o no, nos toca servirla.

No quiero defender, y quede claro, una poética política o al servicio de quien sea. No podríamos subsistir, y menos los escritores de lengua española, sin nuestros gemidos:

El barro, que me sirve, me aconseja...

Notas al pie

Torres Bodet en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana, tras reconocer con entereza su parte de culpa —expresada bajo palio parisiense y en olor deshumanizante a través de historias leves, graciosas y puras— dijo lo que sigue: “Precisamente porque existieron, durante lustros, muchas generaciones que creyeron poder servir a la inteligencia sin servir a la humanidad; precisamente porque existieron, durante lustros, muchos especialistas de la cultura que edificaron en el aire sus utopías y muchos oficiantes del arte que declararon malsano para su obra cuanto excediese el espacio breve de lo que llamaron su “torre de marfil”, es por lo que llegó a establecerse, en gran parte de las naciones, un doloroso divorcio entre la vida y la inteligencia, entre la política y la cultura... Pero sucede que las metáforas son un momento no más de la realidad: el momento rápido y fotográfico en que la materia se vuelve signo, alusión, emblema. Y comprobamos por la experiencia de lo sufrido, que nuestro papel inmediato va a consistir en resucitar las figuras yacientes bajo los símbolos.

Si los artistas de antaño se complacieron viendo cómo se convertía Dafne en laurel y en estatua de sal la mujer de Lot, el deber exige que nuestra hora se singularize precisamente por lo contrario y que, al roce de nuestra vara poética o filosófica, vuelva a vivir la mujer de Lot, escapando a su cárcel salobre y rígida, vuelva el laurel a ser Dafne viva y hallemos, bajo los símbolos opresores, la carne trémula y vulnerable por cuyas arterias corra una sangre ya no ficticia, sino roja y ardiente como la nuestra, entre nervios y músculos de verdad.

Quiere ello decir, sin alegorías, que se impone a las nuevas generaciones una tarea, cuyos timbres más puros de gloria radicarán en vivificar la cultura, en humanizarla y en combatir contra las áridas abstracciones que estaban amenazando ahogar el arte, la ciencia y el pensamiento... A partir de Versalles no fueron pocos los libros que difundieron el odio y el miedo de la contienda. Barbusse y Duhamel, Arnold Zweig y Dorgelès, Remarque y Romain Rolland —para no mencionar sino a novelistas de éxito incuestionable— hicieron de sus obras requisitorias vehementes contra la guerra.

Más, a cambio de aquellas requisitorias ¿cuántos fueron los escritores que se atrevieron a cantar positivamente los méritos de la paz? Por tenebrosa que fuese la novelística de la guerra, la de la paz destilaba también acíbar y desaliento, pesimismo y desolación.

¿Qué ejemplos de humanidad proponían los literatos más celebrados a sus lectores? En Francia, el inmoralismo de “Los Monederos Falsos”, descritos con tan persuasivo talento por André Gide y la sociedad decadente que dió pretexto a los admirables análisis de Marcel Proust. En Alemania el culto de la muerte de Thomas Mann y las crueles indagaciones de Jakob Wassermann. En Italia, los personajes nocturnos de Svevo y Pirandello. En Praga, las agónicas turbulencias de Kafka y en Inglaterra, cuando no las digresiones irónicas de Aldous Huxley, el exarcerbado sensualismo enfermizo del “Amante de Lady Chatterley”...

...A fin de contrarrestar la sensiblería llorosa de ciertas horas de la literatura decimonónica, se exageraron las pretensiones de un intelectualismo geométrico y efectivista. Poetas, de angulosa prestancia, llegaron a declarar que el corazón había pasado de moda... Y, si restamos algunas obras excepcionales, la mayoría de la producción literaria esparcida por el mundo entre 1918 y 1940 puede clasificarse en dos largas series: la de los textos que tendían al idealismo, por evasión de la realidad, y la de aquellos que proporcionaban, como único realismo posible, la eliminación de los ideales.

¿Qué representaba tan seria antítesis, sino una dimisión moral de la inteligencia?”

“Desde estas Américas —escribe Juan Ramón Jiménez a Enrique Díez-Canedo, el 6 de agosto de 1943—, empecé a verme, y a ver a los demás, y a los demás, en los días de España; desde fuera y lejos ^en el mismo tiempo y el mismo espacio. Se produjo en mí un cambio profundo, algo parecido al que tuve cuando vine en 1916. Más que nunca necesitaba la expresión sencilla, en la que creo haber escrito lo menos deleznable de mi obra, que tantas veces se me ha complicado con ese vicio barroco que es la locura última de toda la literatura española, como el purismo es la tontería final de toda la francesa.”

* Uno de los últimos éxitos —dos ediciones en cortos meses— ha sido “Mariona Rebuil”, de Ignacio Agusti, novela de la cual aseguran los forros que “Azorín” dijo: “El cuadro que el novelista describe está descrito (sic) magistralmente. Puede parangonarse con las descripciones (sic) de los grandes maestros de la novela moderna.” Si así escribe el maestro, bien puede el discípulo darse el lujo de escribir frases como las que siguen: “Diputado el más joven a Cortes por los conservadores.” (p. 16) “Las sirvientas de confianza eran las que acostumbraban a llorar en los bautizos.” (p. 12) “Dirigíase a las seis en punto a la fábrica, que ahora ocupaba enteramente el almacén más algunas derivaciones adheridas. Sin que mediara entre padre e hijo una sola palabra, casi ni los buenos días.” (p. 18) “La justeza de la temperatura.” (pa. 21) “Se adormilaba tricoteando.” (p. 42) ¿Para qué seguir? La novela da la impresión, en todo momento, de haber sido mal traducida. Otro crimen de este tiempo oscuro de España; porque las obras que los catalanes hubiesen escrito en su lengua ¿quién las salva?

* Quizá parezca inútil advertir que en America han seguido apareciendo novelas de autores no influenciados por las escuelas europeas del tiempo. V. gr., y por lo que a México respecta: Rafael Muñoz, Gregorio López y Fuentes, José Revueltas...

Additional Information

ISBN
9786076284506
MARC Record
OCLC
1084338920
Pages
101-108
Launched on MUSE
2019-09-06
Language
Spanish
Open Access
Yes
Creative Commons
CC-BY-NC-ND
Back To Top

This website uses cookies to ensure you get the best experience on our website. Without cookies your experience may not be seamless.