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  • Historia de una lectura
  • Eloy Tizón

Sostiene el teórico Jonathan Culler que "interpretar una obra es explicar la historia de una lectura" (80).

Dado que hay expertos mucho más cualificados que yo para analizar en profundidad la obra de Zúñiga, prefiero limitarme a hacer algo más modesto, que es ofrecer mi experiencia subjetiva como lector. Mostrar – como diría Culler – la historia de una lectura.

Esta será, pues, mi breve historia de una lectura.

Descubrí la literatura de Zúñiga en mi primera juventud (en una de esas ediciones baratas de Bruguera, de bolsillo, que todavía conservo), a esa edad en que uno tiene hambre de referentes. Uno ya sueña con escribir y busca sus libros futuros en los libros de los demás. Rastrea pistas. Copia e imita. Hurga, por así decir, en las papeleras ajenas. Busca huellas y coincidencias, latidos de sus propios libros, esos libros que todavía no existen y escribiremos más adelante, en las páginas de los demás, para leernos a nosotros mismos anticipadamente.

Mi generación – los nacidos en los sesenta – con frecuencia enfocamos nuestra mirada más hacia la literatura latinoamericana que hacia la española. Quizá por rebeldía o esnobismo (o por desconocimiento), en numerosas ocasiones de manera injusta, nos reconocíamos más en las obras de Borges, Cortázar, Onetti, Felisberto Hernández, Lezama Lima, etc., que en la tradición clásica española que nos obligaban a leer en el instituto, y que por eso mismo nos resultaba antipática. En el callejero roto de Rayuela o Comala encontramos lo que no siempre encontrábamos en autores más cercanos a nosotros, que era el fulgor y el descubrimiento de una serie de universos, o multiversos. La musicalidad fluvial del idioma. El desparpajo y la sensualidad física. Algunas claves vitales e iniciáticas. La sintonía emocional.

Claro que en esta preferencia había algunas excepciones, que sí leíamos con fruición y nos interesaban mucho, y entre ellas, desde luego, destacaba la obra de Zúñiga.

Ante Zúñiga sentimos una emoción parecida a la que nos producía la lectura de los grandes maestros latinoamericanos. [End Page 73]

La literatura es una cadena de entusiasmos. Se transmite de una generación a la siguiente. A veces se interrumpe durante algunos años, o décadas, y después, misteriosamente, reaparece. Es una cadena que no puede romperse. El propio Zúñiga ha rememorado en alguna ocasión cómo sucedió su encuentro y enamoramiento de la literatura. Creo que ese es un momento muy bello, fundacional y decisivo en la biografía de cualquier escritor. Marca un comienzo mítico, sobre el cual creo que merece la pena demorarse unos minutos.

¿En qué momento se convierte uno en escritor? ¿Hay una fecha concreta en el calendario, o es imposible de localizar? ¿Cómo funciona la vocación?

En el caso de Zúñiga, ese momento preciso se localiza cuando él tiene doce años y, según cuenta, "vivía con mis padres en una casa alquilada de las afueras". Allí alguien, un día, arrojó un folleto de propaganda de libros populares en el que se incluía un pequeño fragmento de novela que comenzaba con las palabras: "Tenía yo entonces doce años y vivía con mis padres en una casa alquilada de las afueras".

Fascinación. Entusiasmo. Este pequeño fragmento, leído por azar, conmocionó a ese niño. Según averiguó más tarde Zúñiga, el autor de esta frase era un escritor ruso desconocido, un tal Iván Turguéniev, de quien nada sabía hasta aquel momento aquel muchacho madrileño de doce años.

Leí muchas veces ese folleto, nos dice Zúñiga, hasta llegar a aprendérmelo de memoria e incorporarlo a mi vida. Años después (esto es casi una novela de investigación detectivesca), buscó la novela completa del tal Turguéniev, a la que pertenecía el fragmento; por fin, la localizó en una biblioteca pública y, tras su lectura, escribe Zúñiga...

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Additional Information

ISSN
2165-6185
Print ISSN
0018-2206
Pages
pp. 73-76
Launched on MUSE
2017-07-19
Open Access
No
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