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El capital cultural del español y su enseñanza como lengua extranjera en Estados Unidos
Resumen

Aunque el español goza en Estados Unidos de un creciente capital demográfico y, por tanto, económico y social, es una lengua con escasa legitimidad cultural e intelectual por su vinculación a la inmigración y a la pobreza. El propósito de este artículo es examinar la relación entre la pujanza social y económica del español y su desprestigio cultural en Estados Unidos, así como las consecuencias de esta desigualdad de capitales en su enseñanza universitaria: por un lado, la visión instrumental del español como lengua global y, por otro, la trivialización de su sustrato cultural e intelectual. Este artículo intenta mostrar que todas estas cuestiones, que se suelen considerar de manera aislada e independiente, están íntimamente ligadas y por tanto deberían abordarse conjuntamente.

Palabras clave

capital cultural/cultural capital, commodification of language/mercantilización del lenguaje, culture/cultura, globalization/globalización, Spanish/español

Rarely, if at all, does the academy view Spanish as a language of authority or of intelectual exchange.

Molloy 2005: 373

Capital económico, social y cultural del español

De acuerdo con Claire Kramsch (2014), la globalización ha cambiado las condiciones de uso, aprendizaje y enseñanza de lenguas extranjeras, tanto en el aula como a nivel institucional. Entre otras cosas, ha creado una competición entre varias lenguas que, todavía lejos de la incuestionable hegemonía del inglés, pugnan por un lugar privilegiado en el mercado global. En esta competición, el español parece ocupar desde hace tiempo una posición ventajosa en Estados Unidos. Los tipos de capital propuestos por Bourdieu, que implican la rivalidad entre varios agentes por el dominio del poder disponible en un campo (Bourdieu y Wacquant 1992), son un buen punto de partida para comprender en qué consiste la ventaja del español y cuáles son sus limitaciones.

Pierre Bourdieu (1986) distinguió tres tipos de capital—económico, social y cultural—para dar cuenta de que la lógica del interés y el beneficio que opera en el plano económico dirige igualmente las prácticas en otros campos y dimensiones sociales, en los que también se compite por poder y legitimidad. Individuos, instituciones y, en el caso que nos ocupa, las lenguas, acumulan y administran distintos tipos de capital, de los cuales dependen su posición e influencia (Bourdieu 1978; Bourdieu y Wacquant 1992). Para ser precisos, las lenguas no son agentes que puedan usar el capital económico, social y cultural como lo hacen individuos e instituciones. Si se puede decir que las lenguas poseen estos tipos de capital es más bien porque materializan el poder y la legitimidad económica, social y cultural de las comunidades que se identifican con y por ellas.1

El capital económico del español en Estados Unidos se basa primordialmente en el crecimiento demográfico de la comunidad hispana, cuyo número aumentó en más de 17 millones [End Page 5] entre el año 2.000 (35.204.480) y el 2.012 (52.932.483), pasando del 12.5% al 16.9% de la población total (Brown y Patten 2014). Las cifras son igualmente positivas si en vez de a la clasificación étnica o racial atendemos a criterios lingüísticos.2 Entre 1980 y 2010, el número de estadounidenses que hablan español en el hogar aumentó en un 232.8%, de 11 a 37 millones (Ryan 2013). Este número podría alcanzar los 43.1 millones en 2020 (Ortman y Shin 2011). Estos datos son especialmente significativos si se comparan con los de las siguientes lenguas en número de hablantes: en términos proporcionales, el español es la lengua del 62% de la población que declara hablar un idioma distinto del inglés en el hogar, mientras que son significativamente más pequeños los porcentajes del chino (4.8%), el tagalog (2.6%), el vietnamita (2.3%) y el francés (2.1%) (Ryan 2013).

Si bien los datos demográficos dejan clara la relevancia del español en Estados Unidos, los 37 millones de hispanohablantes de este país son menos del 10% del número total de hablantes nativos de español en el mundo, cifrado en más de 400 millones.3 No es sorprendente, pues, que el español sea un recurso estratégico para quienes desean penetrar estos vastos mercados.

Volviendo a Estados Unidos, la compañía Nielsen estima que el poder adquisitivo de la comunidad hispana estadounidense alcanzará un trillón y medio de dólares en el año 2015 (Nielsen 2012). Si los hispanos de Estados Unidos constituyeran un mercado independiente, su poder adquisitivo los pondría dentro de las veinte economías más fuertes del mundo, por delante de países como Australia, Argentina o Sudáfrica. Otro informe calcula que el gasto de los hispanos en 2013 fue de 161.36 billones de dólares, el equivalente al 9.2% del gasto total de Estados Unidos (Experian Marketing Services 2013). De nuevo, la economía del español es todavía más apetitosa cuando se piensa en términos globales.

Es necesario insistir en que la base del capital económico del español en Estados Unidos y el resto del mundo radica en su fuerza demográfica. El mercado hispanohablante es visto como un importante objetivo económico por la suma de su poder adquisitivo, y no tanto por el poder adquisitivo individual; de hecho, en Estados Unidos la población hispana tiene un promedio de ingresos salariales más bajo que el de los demás grupos étnicos y raciales (Brown y Patten 2014).

El capital social, tal como lo entiende Bourdieu (1986), implica adhesión a las reglas de un grupo e inversión en sus intercambios simbólicos. A cambio, el individuo adquiere una vía de acceso a otros tipos de capital, ya sea en forma de recursos económicos (prestamos, trabajos, consejos para realizar inversiones) o beneficios culturales (por ejemplo, por medio de centros culturales, bibliotecas, instituciones educativas; Portes 1998). Este tipo de capital basado en la adhesión grupal tiene especial importancia dentro de las comunidades de trabajadores inmigrantes, las cuales se enfrentan a condiciones legales, laborales y salariales inferiores a las de los trabajadores autóctonos, por lo que se ven obligadas a crear fuertes vínculos de solidaridad entre sus miembros (Portes 1997). La existencia de una lengua común, precisamente, es uno de los factores más importantes para constituir la identidad y reafirmar la solidaridad de estas comunidades inmigrantes, como por ejemplo se puede ver en el estudio realizado por Gilda Ochoa (2004) sobre el barrio La Puente, California (39).

Por último, Bourdieu (1986) concibe el capital cultural como un valor que los individuos pueden adquirir y manifestar de tres formas distintas: como un sistema incorporado de disposiciones físicas y mentales—buenos modales, pronunciación cuidada, un cierto acento, la habilidad de tocar el violín o montar a caballo, de modo que la conciencia de clase social se lleva, en primer lugar, “profundamente incrustada en el cuerpo” (Bourdieu 1984)—; como una colección de objetos o bienes culturales (libros, música, arte, tecnología, instrumentos); y como una serie de diplomas y títulos ofrecidos por instituciones formativas. Aplicar la noción de capital cultural a las lenguas implica interrogar la legitimidad y el prestigio asociados a cada una de ellas como vehículos de civilización y cultura (es decir, a una especie de jerarquía de lenguas similar a la que el capital cultural establece entre las correspondientes clases sociales), el reconocimiento de sus producciones culturales (literarias, artísticas, intelectuales) y su poder institucional y académico. Los departamentos universitarios de español, así pues, son agentes [End Page 6] fundamentales del capital cultural de esta lengua en Estados Unidos, y en consecuencia también un buen barómetro para medir su legitimidad e influencia.

El español en la enseñanza universitaria

Si nos atenemos a los números de matrícula en los departamentos de español de Estados Unidos, la popularidad de esta lengua parece corroborar su pujanza social. Según los datos obtenidos por MLA en 2009 (Furman, Goldberg, y Lusin 2010), la matrícula de español (864.986 estudiantes) es mayor que la de todas las otras lenguas modernas juntas (764.340 estudiantes), lo cual viene siendo el caso desde 1995.

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Figura 1. Distribución de la matrícula en departamentos de español, francés, italiano, ruso, alemán, chino y japonés, en miles de estudiantes (1970–2009). Fuente: MLA (Language Enrollment Database, 1958–2009).

Es más, las cifras del español siguen una firme trayectoria ascendente, mucho más marcada que la de otras lenguas también en crecimiento, como el chino y el japonés.

A pesar de estos datos positivos, en muchos de los análisis sobre la fortuna del español en la enseñanza superior aparece de manera explícita e insistente la tensión entre el valor económico y social de esta lengua y su desprestigio cultural. [End Page 7]

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Figura 2. Evolución de la matrícula en departamentos de español, francés, alemán, chino y japonés, en miles de estudiantes (1970–2009). Fuente: MLA (Language Enrollment Database, 1958–2009).

Por ejemplo, en un foro organizado por la Asociación de Departamentos de Lenguas Extranjeras en 1997 para analizar el futuro del español en las universidades estadounidenses, Cristina González recurría a la pujanza económica y social del español para explicar el aumento en la matrícula: “Many jobs require knowledge of Spanish, and young people are aware of this fact. How can they not be if they hear their classmates speak Spanish and see Spanish on the labels of many products they buy? . . . Businesses, government, and social service agencies also need college graduates who not only speak Spanish but also truly understand Hispanic culture” (González 1997: 37–38). Sin embargo, al mismo tiempo que celebraba la buena salud del español, se preocupaba también por su legitimidad: “We study and teach the cultures of people who, for the most part, are neither rich nor white, and our programs are regarded by many as not very important” (38).

Según James Fernández, en los primeros documentos de la American Association of Teachers of Spanish (AATS) y su revista Hispania aparece ya el malestar por la falta de prestigio cultural del español. En opinión de Fernández, el español es hoy la lengua más popular en la enseñanza estadounidense gracias a su lado más mundano, es decir a su valor social y geopolítico, y no a su tradición literaria e intelectual, como algunas veces se ha querido ver:

There are those who would like to be able to narrate the now two-hundred-year-old ‘rise of Spanish’ in terms of the immanent value of great cultural figures: Cervantes, Darío, Unamuno, and Borges. But the archive that documents the rise of Spanish, including our two fragments, practically imposes other, much more mundane headings. The Latin American wars of independence and the Monroe Doctrine; the wars of 1898, World War I, and Pan-Americanism; World War II and the Good Neighbor Policy; the cold war; the Cuban Revolution; the migratory crises of the late twentieth century: these are the forces that have driven enrollments and [End Page 8] shaped the institutional will to include Spanish in the American curriculum. This worldliness is both the greatest strength of Hispanic studies in this country and the greatest source of spoken and unspoken anxiety.

(2000: 1963)

La misma idea aparece en un texto de John M. Lipski (2002) publicado en PMLA:

The good news is that Spanish has risen above all the junk language and demeaning pseudo-babble to become a high-demand course of study at American universities. Despite the frustratingly large number of negative stereotypes and accompanying bad karma surrounding the Spanish language and its speakers within the United States, many of our students—dare I hope more than half?—pick Spanish as the second language of choice for more encouraging reasons.

(1249)

¿Cuáles son estas razones? Un reciente estudio de Comfort Pratt (2010),“Maintaining the Momentum of Students of Spanish from High School to College”, apunta que los factores que determinan si un estudiante sigue cursando español en la universidad son fundamentalmente utilitarios. En concreto, los más repetidos son la posibilidad de obtener buenas notas, ser capaz de usar español en la vida diaria, obtener ventajas en la carrera profesional, y pasárselo bien en clase. La idea de obtener buenas notas seguramente tenga que ver con dos de los motivos que apunta Lipski para explicar los números de matrícula del español: el hecho de que sea la lengua más enseñada en high school y la “leyenda urbana” de que es la lengua más fácil, tanto que “[it] can be acquired at the drop of a sombrero” (2002: 1248–49). Los otros dos factores más relevantes según el estudio de Pratt (la posibilidad de usar el español en la vida diaria y sus supuestas ventajas profesionales) nos devuelven al capital social y económico de la lengua, también presentes en el texto de Lipski: “Spanish is useful, not just for reading the instructions on a box of frozen enchiladas but also for aspiring to a vast array of interesting and challenging job opportunities, for interacting effectively with millions of our neighbors both in this country and abroad, and for understanding and appreciating a very large, diverse, and significant portion of the world” (1249; el subrayado es mío).

En definitiva, en esta muestra de textos vemos una clara conciencia de la tensión entre la falta de legitimidad del español en Estados Unidos y su pujanza en términos de matrícula. En ellos encontramos también el deseo de conciliar los dos polos en tensión, es decir, de hacer valer el capital económico y social de la lengua que está detrás de la matrícula para mejorar su capital cultural. En concreto, las propuestas para cambiar la manera de concebir la enseñanza de español por parte de las administraciones universitarias y los propios departamentos incluyen la colaboración estrecha con escuelas profesionales y con la comunidad hispana (González 1997), la integración de la eurocéntrica tradición intelectual del Hispanismo con la más mundana realidad social e histórica del español americano (Fernández 2000), y la aceptación e institución del español como “part of the assumed background of American university education” (Lipski 2002: 1251).

En un artículo más reciente, Jennifer Leeman (2006) repite el mismo diagnóstico: “Enrollments should be attributed less to an increase in the prestige value of Spanish than to the com-modification of language and the contemporary fixation on the marketability of particular types of knowledge and education” (38). Aunque el conflicto de fondo es idéntico, al final de su artículo Leeman advierte que celebrar los números de matrícula de manera acrítica implica aceptar la idea de que las lenguas son ante todo habilidades o recursos que se pueden adquirir y explotar, idea que, al contrario, debería cuestionar una educación con vocación crítica, igual que debería exponer y cuestionar los valores adscritos a las distintas lenguas y el origen de tales valoraciones.

Leeman acierta al situar el “problema” del español en el marco más amplio de la concepción de las lenguas como recursos (commodification of language), y también al aconsejar una visión crítica de la tensión entre la buena fortuna del español en la enseñanza universitaria y su falta de legitimidad simbólica. [End Page 9]

El valor del español como “activo económico” se debe a su condición de lengua global, es decir, a su historia de lengua impuesta por el colonialismo y difundida por la inmigración. Esa misma condición de lengua global que le otorga al español capital económico y social es el origen de los prejuicios racistas y de clase que debilitan su capital cultural en Estados Unidos, donde se enfrenta al doble estigma de ser la lengua de los indígenas colonizados, los conquistados, los subdesarrollados, los pobres inmigrantes (Aparicio 2000; García y Mason 2009),4 y de ser una variedad inferior del español, “deformada”5 y contaminada por la influencia del inglés (García 2011).6 De ahí que sea, cuando menos, problemático adherirse acríticamente a la lógica del capital económico y social del español, pues esa lógica se apoya en la trivialización de su valor cultural, intelectual y simbólico.

Las lenguas como recursos

Según Monica Heller y Alexandre Duchêne (2011), desde los años 90 ha ido ganando relevancia una nueva manera de entender el lenguaje y se ha ido articulando un nuevo discurso sobre las lenguas minoritarias y el bilingüismo. Estas cuestiones, que antes se formulaban en términos de identidad, de derechos, de preservación lingüística y cultural, hoy se plantean fundamental-mente en términos económicos. Este giro discursivo supone pasar de ver las lenguas como una cuestión de orgullo nacional (pride) a verlas como un recurso o activo (profit). La concepción de la lengua como recurso y las nuevas maneras de producir y hacer circular el lenguaje en el mercado global conllevan un cambio de paradigma: las lenguas ya no son manifestaciones culturales o signos de identidad nacional sino, ante todo instrumentos de comunicación y habilidades que se pueden adquirir, medir y reglamentar.

La nueva concepción instrumental de las lenguas y, en general, el lenguaje, es propia del “capitalismo tardío”, una fase que se distingue por la proliferación de flujos (de capital, de individuos, de información) que atraviesan las fronteras de la nación estado, y por la consolidación de una nueva economía global basada en el sector terciario (Heller y Duchêne 2011). En el capitalismo tardío adquieren especial importancia la comunicación y los recursos lingüísticos, ya que de ellos depende la efectividad de las transacciones realizadas dentro del nuevo marco transnacional (Heller 2010). Desde esta perspectiva instrumental, la diversidad y la variedad de las lenguas, así como su lado menos sistemático y predecible, se ven ante todo como obstáculos que se pueden salvar mediante tecnologías lingüísticas (como Google Translate, World Lens, Skype Translator, SDL Language Cloud), pautas de adiestramiento y control (Cameron 2000, 2002), la promoción del inglés como lengua franca (Pennycook 1995, 1998; Singh y Han 2008; Park y Wee 2012) o la contratación de personal plurilingüe (Heller 2003; Sonntag 2009; Alarcón y Heyman 2013).

En cualquier caso, instrumentalizar la lengua conlleva una tensión inherente con su autenticidad cultural, la cual en muchas ocasiones se trivializa y cosifica. Dicho de otro modo, explotar el valor de una lengua como recurso implica desligarla de su autenticidad y concebirla como una mera habilidad técnica útil para la gestión de negocios o políticas globales. Como observa Thomas Ricento (2005), la concepción de la lengua como recurso ha servido siempre a intereses económicos y geopolíticos que nada tienen que ver con el respeto de los pueblos y culturas para los que es un signo de identidad. Al contrario:

the employment of such discourses tends to perpetuate a view of language as instrument (as opposed to language as identity marker), and, by doing so, seeks to garner support for the teaching and learning of heritage languages by de-linking language from ethnicity or race. In other words, the view promoted is of language as commodity, displaced from its historical situation, a tool to be developed for particular national interests.

(121)

En su libro The Sociolinguistics of Globalization, Jan Blommaert (2010) argumenta que es la movilidad de una lengua o un recurso lingüístico lo que determina su valor en el mercado global. [End Page 10] Lenguas y recursos lingüísticos tienen más valor cuanto más se puedan mover, en cuantos más lugares y estratos sociales puedan utilizarse. Así, la misma movilidad y difusión del español, que por un lado le otorga un gran capital económico y social, conlleva que, por otro lado, sea más difícil localizarlo y representarlo en el marco de una tradición cultural e intelectual única. Este desarraigo del español y, en general, de las lenguas que cotizan simultáneamente en el mercado global y en mercados locales, conlleva también que sea posible apropiarse de los recursos lingüísticos sin la necesidad de identificarse con su sustrato cultural (Van Leeuwen 2009).

Es más, la revalorización de una lengua global como el español revitaliza la tensión entre sus variedades “periféricas” y otras variedades con más legitimidad. Como ocurre con los recursos materiales, la posesión de los recursos lingüísticos es permanente objeto de disputa. Ante todo entre el “centro” y la “periferia” (Del Valle 2006, 2011, 2014; Mar-Molinero 2008; Paffey y Mar-Molinero 2009; Mar-Molinero y Paffey 2011), pero también entre los hablantes nativos de español (sobre todo los de variedades “periféricas”) y los que han aprendido una variedad más estándar de esta lengua en la enseñanza reglada.7 La misma lengua que es para unos un valioso recurso, puede suponer para otros un obstáculo. Así, mientras que en las universidades de Estados Unidos se promueve la idea de que estudiar español significa invertir en un capital lingüístico que los estudiantes norteamericanos (futuros doctores, abogados, empresarios) podrán utilizar de manera legítima (Pomerantz 2006), la misma lengua supone una desventaja para muchos de sus hablantes nativos (Alarcón y Heyman 2013; García 1995). En este sentido, es pertinente la idea de Nikolas Coupland (2003) de que la “autenticidad sociolingüística” es cada vez menos un rasgo de herencia que uno se pueda atribuir solo por el hecho de pertenecer a una comunidad y haber sido socializado en ella; en nuestro mundo global, multicultural e hiperconectado, la autenticidad depende más bien de ser capaz de actualizar recursos lingüísticos (acentos, repertorios, estilos) de los que uno se apropia por medio de un complejo proceso de identificación y aprendizaje.

La concepción de las lenguas como recursos, en definitiva, hay que verla en el marco de la ideología neoliberal y su necesidad de disponer de mano de obra flexible y adaptable, preparada para las necesidades comunicativas de un mercado global: esta es precisamente una de las fuerzas motoras en la revalorización del multilingüismo (Flores 2013). Desde el punto de vista neoliberal, el dominio de “lenguas extranjeras” es una forma de capital humano, una habilidad o competencia adquirida que no se puede separar del individuo y que lo capacita para rendir beneficios futuros (Foucault, 2008).

Pero la visión económica de la lengua no se centra solo en su valor instrumental, sino que se apodera también de su autenticidad cultural, cosificándola y explotándola como signo de distinción (Heller y Duchêne 2011). Hay una continuidad, pues, entre pride y profit, entre la visión de la lengua como reflejo del espíritu y el orgullo nacional propia del siglo XIX (Hobsbawm 1992), y la noción de la lengua como un recurso o capital económico en el capitalismo tardío. Como ha demostrado Bourdieu (2001), ya en el primer paradigma la lengua es un recurso, en la medida en que marca a su portador como un hablante legítimo y lo capacita para operar en el mercado lingüístico nacional donde se usa, otorgando privilegios a los hablantes de unas variedades y marcando negativamente a los de otras. Pero incluso ahora, en un mercado global, el beneficio de un recurso lingüístico es más que una cuestión meramente funcional: el valor añadido de una lengua extranjera no se basa solo en la capacidad de comunicarse en ella con efectividad; antes bien, se trata de un rasgo de distinción de naturaleza ideológica, mediante el cual se establece una jerarquía de hablantes basada en el acceso, la posesión y el dominio de determinados recursos lingüísticos.

Legitimidad y Representación Cultural del Español

Naturalmente, la visión de la lengua como recurso se refleja en el currículo del español. Lo podemos ver en el análisis que hace Deborah Herman (2007) de los cuatro libros con mayor [End Page 11] difusión en high school.8 Según Herman, en ellos se manifiestan de manera implícita la hegemonía del inglés y los estereotipos asociados al español y a los países en donde se habla esta lengua. Para empezar, todos enseñan primordialmente a hacer compras, a moverse de un lugar a otro en distintos medios de transporte y a obtener diversos tipos de alojamiento. A la vista de ello, en estos libros de texto se transmite una idea instrumental del lenguaje y la idea implícita de que la educación en español consiste en prepararse para ir de vacaciones o de viaje a destinos exóticos. De hecho, en los libros de texto (y sobre todo en los de nivel inicial) es habitual el enfoque de la guía de viaje: cada unidad presenta uno o dos países en los que se habla español. Aunque este enfoque responde en principio a la loable intención de incluir la variedad de los países y las culturas hispanohablantes, tiene el efecto de que al presentar cada país, por falta de espacio (y porque las prioridades son otras), los libros se limitan a unos pocos datos arbitrarios, superficiales y fuera de contexto, los cuales normalmente refuerzan ideas preconcebidas y pintorescas.

La trivialización de la cultura existe también en los manuales de español de nivel universitario. Teniendo en cuenta que, como hemos visto, la cosificación de la cultura es una de las implicaciones de concebir la lengua como un recurso, no es sorprendente que en los libros de texto universitarios las culturas hispanohablantes sean reducidas a una serie de curiosidades arbitrarias que confirman una imagen estereotipada y simplista. Así, en el libro Puntos de Partida, cada país hispanohablante es identificado por medio de tres ideas o símbolos. Venezuela, por ejemplo, es asociado con las mujeres (“muchos dicen que es el país de las mujeres bellas”), la rumba (“al venezolano le gusta organizar y celebrar fiestas en las cuales siempre se baila salsa, merengue o cualquier otro ritmo caribeño, hasta el amanecer”) y la harina de maíz blanco (“ingrediente principal de dos de los platos típicos del país”) (Dorwick, Pérez Gironés, Becher e Isabelli 2012: 344).

En contraste con la abundancia de folclore, celebridades y gastronomía, llama la atención la ausencia de vocabulario y unidades culturales relacionados con cuestiones sociales (Herman 2007; Ros i Solé 2013; Cubillos 2014). Esta omisión se basa en el conservadurismo general de los libros de texto, y también en la idea aceptada de que los estudiantes no tienen dominio de los discursos que requieren ese tipo de vocabulario. Sin embargo, es posible integrar un enfoque crítico desde los primeros niveles de la enseñanza, incluso trabajando con un libro que no fomenta una perspectiva socio-política (ver, por ejemplo, Vinall 2012; Glynn, Wesely, y Wassell 2015).

En la omisión de contenidos polémicos influyen sobre todo prejuicios bien arraigados sobre el papel de los instructores y las clases de lengua (Kramsch 1991). En los libros, la cultura es un mero condimento colorista porque a los instructores de lengua no les corresponde tocar cuestiones políticas, éticas o de clase social, porque la prioridad de las clases de lengua es desarrollar competencias comunicativas, no profundizar en cuestiones culturales (como si ambas empresas fuesen incompatibles). El rol funcional de las clases y los instructores de lengua se aviene como un guante a la visión del español como recurso o commodity. Además, contribuye a silenciar oportunamente las cuestiones históricas, políticas y sociales en las que se cimienta el desprestigio del español en Estados Unidos. La falta de contenidos sociales o políticos es de por sí una cuestión política, igual que lo son la elección de los materiales culturales y la perspectiva desde la que son representados. La enseñanza de una lengua minoritaria, como el español en Estados Unidos, es a la fuerza una actividad cargada políticamente.

En suma, los libros de texto no son artefactos neutrales y libres de injerencia ideológica. Al contrario, las representaciones culturales y las prioridades curriculares inscritas en ellos construyen una determinada imagen del español y las comunidades hispanohablantes, a la vez que articulan una determinada posición subjetiva desde la que los estudiantes pueden contemplar cómodamente el mundo hispánico, ya sea en el papel de empresarios, trotamundos o turistas, o bien en el de consumidores de estilos de vida cosmopolitas (Ros i Solé 2013). En este sentido, los libros de español se prestan a un análisis ideológico similar al que Edward Said (1979) hizo del orientalismo, pues no parecen producidos con el fin de familiarizar al estudiante estadounidense [End Page 12] con las culturas y sociedades de habla hispana, sino elaborados su propia identidad cultural al ponerla en contraste con la de un mundo hispánico imaginario.9

La clase de lengua, en definitiva, es un lugar idóneo para cuestionar las representaciones culturales y la posición subjetiva que proponen los libros de texto, o para prescindir directamente de ellos y optar en cambio por materiales y perspectivas que impliquen más íntegramente a los estudiantes (Ros i Solé 2013). Asimismo, también hay lugar para abordar críticamente la manera en que se distribuye y se negocia el poder entre las lenguas y los registros lingüísticos (Del Valle 2014). De hecho, las nuevas condiciones de fluidez e hibridez semiótica creadas por la globalización hacen que la capacidad de distinguir acentos, géneros y estilos y reconocer las diferencias sociales, culturales y políticas que connotan sea esencial incluso para quienes solo quieren usar la lengua con fines prácticos (Kramsch 2014). Por tanto, el principal reto de los programas de español es la inclusión de complejidad en el currículo, reflejando por un lado la variedad sociolingüística de la lengua y, por otro, abordando las cuestiones culturales, ya desde los primeros niveles, de una manera sofisticada, crítica, comprometida y apropiada a la educación universitaria.

Conclusión

En este artículo hemos analizado críticamente una serie de cuestiones que se suelen considerar de manera aislada e independiente, tratando de mostrar que están íntimamente ligadas y que, por tanto, sería conveniente abordarlas conjuntamente. Partiendo de la relación directa entre la pujanza social y económica del español y su desprestigio cultural en Estados Unidos, ambos debidos a su posición como lengua global, hemos intentado mostrar que la escasa legitimidad del español facilita la tendencia a concebir esta lengua como recurso, como una competencia que se puede adquirir sin necesidad de comprometerse con su autenticidad cultural, o como un simple signo de distinción o de estilo. Esta tendencia la hemos situado en el marco más amplio de lo que en sociolingüística se denomina commodification of language (Heller 2003, 2010; Heller y Duchêne 2011), y hemos mostrado cómo se manifiesta en la trivialización de los contenidos culturales en los libros de español y en la visión de la enseñanza de lengua como una labor instrumental y acrítica.

Terminamos indicando una última conexión: el rol subalterno de las clases y los instructores de español hay que verlo también en relación con el modelo departamental basado en la división jerárquica entre el currículo de lengua y el de literatura.10 El que los instructores de lengua tengan en muchos casos una condición laboral distinta y se les excluya de las estructuras de poder de los departamentos contribuye a la percepción de que las clases de lengua que se imparten en los “niveles inferiores” tienen un valor meramente instrumental y están al cargo de individuos menos capacitados que los profesores de literatura, quienes administran en exclusividad el capital cultural de la lengua. Esta situación es especialmente problemática en el caso del español, dados los prejuicios asociados a él, y compromete la legitimidad intelectual y las aspiraciones institucionales de los propios departamentos, por más que siga aumentando la matrícula.

Alberto Bruzos Moro
Princeton University

NOTAS

1. Bourdieu (2001) habla también de capital lingüístico. No obstante, este se refiere sobre todo al rendimiento simbólico que otorgan las variedades (dialectos, sociolectos, jergas especializadas) de mayor prestigio, o las autorizadas a funcionar en un determinado campo o mercado lingüístico (ver nota 10). Así, el capital lingüístico está ante todo relacionado con la posición social, y Bourdieu (2001) parece identificarlo con el capital cultural, el cual tiene un alcance más general (84–85). Sin embargo, a mi modo de ver, la legitimidad y el poder de las lenguas puede deberse no solo a factores culturales, sino también a factores económicos y sociales, y por tanto el rendimiento que otorgan a sus hablantes puede operar independientemente en cualquiera de esos tres planos. [End Page 13]

2. Ambas categorías, por lo demás, están íntimamente ligadas en los datos del censo de Estado Unidos. La lengua (o, mejor dicho, el legado lingüístico, se conserve o no) es el criterio de una categoría tan vaga como Hispanic, la cual, como reconoce el propio censo, no es una categoría racial (Leeman 2004).

3. 400 millones según Moreno Fernández y Otero Roth (2007); 415 millones de acuerdo con Ethnologue (Lewis, Simons, y Fenning 2014).

4. Esta valoración ideológica del español como lengua de las clases desfavorecidas concuerda con los trabajos de la antropóloga Jane Hill sobre el junk o mock Spanish (la incorporación jocosa o peyorativa de expresiones o rasgos del español en el inglés), y también con los análisis de Adam Schwartz (2006) y de David Divita (2014) sobre el llamado household Spanish, el registro especializado que pueden estudiar los patrones para comunicarse con sus empleadas domésticas mexicanas o centroamericanas.

5. Así es como define el Spanglish el diccionario de la R.A.E. en su 23a edición: “Modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos, en la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés”.

6. Es importante indicar que los mismos prejuicios se reproducen dentro de los departamentos universitarios donde el español se enseña como lengua extranjera (Valdés, González, López García, y Márquez 2003).

7. Heller (2003) observa el mismo fenómeno en el Canadá francófono, donde en los años 90 y los primeros años del siglo XXI se empezó a ver la pertenencia a una comunidad bilingüe como una ventaja en el mercado laboral y un recurso turístico.

8. En concreto ¡Buen Viaje!, ¡En español!, Realidades y ¡Exprésate! De acuerdo con Herman (2007), los cuatro juntos suponen un 80% del mercado estadounidense del español a nivel de high school.

9. La tendencia a contemplar las cuestiones culturales en estos términos parece irreprimible: como muestra Ros i Solé (2013), en los libros de español publicados en España esta figura exótica y pintoresca del Otro la suelen ocupar las culturas hispanohablantes latinoamericanas.

10. Para un diagnóstico de esta brecha departamental y sus consecuencias, ver Kern (2002) y MLA (2007).

OBRAS CITADAS

Alarcón, Amado, y Josiah McC. Heyman. (2013). “Bilingual Call Centers at the US-Mexico Border: Location and Linguistic Markers of Exploitability”. Language in Society 42.01: 1–21. Web. 6 dic. 2013.
Aparicio, Frances R. (2000). “Of Spanish Dispossessed”. Language Ideologies: Critical Perspectives on the Official English Movement. Vol. 1. Ed. Roseann Dueñas González, y Ildikó Melis. Mahwah: Erlbaum. 248–75. Impreso.
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