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  • La Baraja
  • Blanca Anderson (bio)

Échame las cartas, le dijo a su abuela. La abuela la miró y le dijo bueno, ya mismo. Ella esperó un rato y volvió a pedir: échame las cartas. La abuela le dijo está bien, ponte ahí. Abrió la cajita de madera donde guardaba las cartas envueltas en un pañuelito de seda púrpura. Barajó las cartas lentamente, se las dio a la nieta para que siguiera barajándolas, las volvió a tomar, poniéndolas boca abajo en la mesa. Por tu casa, por tu persona, por tu futuro, murmuró la abuela.

Dividida en tres montoncitos más o menos del mismo espesor, las cartas esperaban ser vueltas. El dos de bastos, la sota de copas y el caballo de oros, de cara a la mesa, aguardaban impacientes a la abuela que andaba buscando una copa de agua para colocarla delante de la nieta. Ésta ya anda mezclando innecesariamente, le dijo la sota al caballo. Tienes razón, le contestó el caballo, eso es espiritismo y no cartomancia pero ni modo, estos puertorriqueños tú sabes que siempre andan inventando. Detrás del caballo, el rey de copas aguardaba su turno, en su pose perenne de pensativo. En el montoncito de la sota, el cuatro de oros pensó que él debería ser el primero en salir, y no la sota. Como las cartas están todas unidas por el cordón umbilical de un mismo universo esotérico, todas lo escucharon y algunas se indignaron y le dijeron que era un tonto, que la que echaba las cartas era espadas y la echada era copas, así es que en todo caso quien deberíamos salir somos nosotras, dijeron el cuatro de espadas y de copas, nosotras que representamos sus casas. El cuatro de oros, ofendidísimo, se acurrucó al lado del tres de espadas, quien lo consoló porque entendía lo de ser azotado por el látigo del desprecio, él que era la muerte o la desgracia. Otros naipes salieron en defensa de lo que dijeron parecía azar pero no lo era: están muy territoriales, dijo el cinco de copas, no se olviden de nuestro propósito, que es crear orden y equilibrio, trabajemos juntos para llevar los significados precisos y necesitados por la que nos echa y la echada. Algunas cartas, como el dos de bastos que no había dicho nada porque él era el camino y por lo tanto nunca tenía lugar fijo, asintieron; pero otras, envidiosas del cinco de copas, que por representar el amor era como la niña consentida, murmuraron palabras desafortunadas. El as de oros, en su rol de mensajero, convocó una reunión de emergencia. Hubo alboroto. Como siempre, las cartas figuras se asignaron el papel de suprema autoridad. Como representaban los cuerpos de carne y hueso, allá afuera, era lo lógico, subrayando la supremacía del realismo, pensó el rey de oros. El tres de bastos, el dos de copas y el cinco de espadas protestaron esta visión tradicionalista de sí mismas. Qué pasó con jugar un poco, dijo el dos de copas, él que era los obstáculos y le gustaba hacer tropezar al orden lógico de la narración. Las demás se sintieron superiores, como siempre, pero cuando el cinco de espadas le dio la razón al dos de copas la cosa se complicó, porque había hablado el destino, carta que siempre venía cargada de dramatismo de punto final. En cuanto al tres de bastos, tenía su red de apoyo, ya que representaba los viajes, y cualquier carta que estuviera a su alrededor siempre se afectaba por la resonancia de ese movimiento inherente a su significado, y eso les creaba la ilusión de ser diferentes, aunque fuera por unos instantes. El dos de espadas, lágrimas al fin, se puso a llorar y las sotas, maternales, lo consolaron. Mientras tanto, la abuela y la nieta habían terminado de acomodarse y se miraban por sobre las barajas.

En cuestión de segundos las cartas se organizaron alrededor de su significado, olvidando su ataque de rebeldía. Las creyentes confiaron...

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Additional Information

ISSN
2471-1039
Print ISSN
1090-4972
Pages
p. 153
Launched on MUSE
2016-03-09
Open Access
No
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