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  • De youtube a la pantalla, de la pantalla a youtube
  • Jorge Ruffinelli

Hablamos de cambios o transformaciones. Sentimos que el cine, o nuestra relación con el cine, ha cambiado en los años recientes. En consecuencia hay un antes y un ahora. Voy a comenzar refiriéndome a nuestras experiencias, percepciones o sensaciones de ese antes y ese ahora. Y parto de 1476, cuando Jorge Manrique expresó algo que convertimos en lugar común y verdad indiscutible aunque no lo sea: todo tiempo pasado fue mejor. A la interpretación literal de este verso de las Coplas por la muerte de su padre, el escritor argentino Ernesto Sábato le encontró otra: “La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que—felizmente—la gente las echa en el olvido”.

Respecto al cine, creo que el tiempo pasado fue la sucesión de historias de horror. La que voy a contar—y probablemente todos la sabíamos pero las habíamos echado en el olvido—es más que terrorífica. Sucede en los Estados Unidos y en Europa, y en escala menor, en los países menos industrializados pero desde los cuales buscamos modelos y guías para la producción de películas. En otras palabras, sucede en todo el mundo donde haya productores, realizadores, distribuidores y, claro, público: nosotros.

En esos países el productor es el dueño de las películas. Contrata a los equipos técnicos y artísticos y el resultado de cada filmación es suyo, de su propiedad. Sin discusión. No me voy a referir a que el mal almacenamiento de las copias, en especial cuando el material de las películas era el nitrato de plata, ocasionó incendios y destrucción de archivos en cinematecas. Sabemos esa historia. Tampoco me referiré a que el celuloide se decolora, y sufre otros trastornos químico físicos que hacen muy difícil la conservación de las copias. Ni al desgaste del material por las proyecciones múltiples.

Paso a otra historia de horror que he comprobado leyendo libros sobre la distribución del cine. El paso de una película de las manos del productor a las del distribuidor se rige, naturalmente, por contratos. Una vez en manos del distribuidor, la película pasa a ser de su propiedad. [End Page 57]

La destrucción sistemática de las copias

Uno de los grandes datos ocultos de la distribución del cine es el destino de esos miles de pies (o metros) de celuloide que han pasado por el proyector, multiplicados por la cantidad de copias hechas para exhibirse en decenas de cines al mismo tiempo.

Este es uno de esos secretos que pueden provocarnos pesadillas: cuando una película es vendida a un distribuidor, muchas veces a perpetuidad y otras a períodos determinados—dos, cinco, diez años, digamos—, los derechos universales de la película pasan a pertenecerle al distribuidor. Adviértase: la película—la obra de arte, o el producto de entretenimiento comercial, no importa qué valor tenga o le otorguemos—desde ese momento es propiedad absoluta del distribuidor. Los autores—sean los guionistas, los directores o los productores, tampoco importa ahora a quién llamemos autor—pasarán a ser simples espectadores de lo que han realizado. El derecho a exhibir las películas ha sido cedido, vendido, enajenado por un interés económico, a empresas e individuos que no participaron en la creación de esas películas y sin embargo las van a exhibir.

Y aquí viene el horror: con esa cesión de derechos está explícito o implícito el derecho del distribuidor de modificar las obras alterando su integridad. En otras palabras, cada película es tratada como un producto más, que podría “mejorarse” al solo juicio de su propietario. Pero lo más interesante e igualmente terrorífico, desde nuestro punto de vista, es llegar a saber qué hace el distribuidor, por obligación contractual, cuando la película ha cumplido su ciclo comercial de distribución en cines y deja de ser rentable; qué hace...

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Additional Information

ISSN
1940-9079
Print ISSN
1048-6380
Pages
pp. 57-68
Launched on MUSE
2016-01-14
Open Access
No
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