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  • Fascinante Celestina
  • Soledad Puértolas

Durante el grato encuentro que el pasado mes de julio tuve con las profesoras Marguerite DiNonno Intemann y Francisca González Arias en la reunión anual de la AATSP en Washington—cuyos textos se reproducen en este número de la revista—, me preguntaron qué asuntos tenía entre manos, y comenté que, entre otros proyectos, estaba inmersa en la versión al español actual de La Celestina. Pasados unos meses, una vez que he llevado a cabo el primer borrador del trabajo, puedo hablar algo más de tan fascinante empresa.

Ingente y fascinante. Debo confesar, y así lo manifesté en aquel momento, que, después de haber asumido el compromiso, me asaltó tal duda que a punto estuve de volverme atrás. Me flaquearon las fuerzas, tembló mi seguridad. En mis tiempos escolares, nunca había conseguido llegar muy lejos en mis intentos de lectura de tan afamada obra y, más tarde, cuando—precisamente en la Universidad de California, es decir, lejos de mi país—, estudié literatura española, pasé muy deprisa por ella, pues había otros textos que desde siempre me habían interesado más y quise dedicarles el máximo de mi tiempo, una vez que, al fin, me había decidido a estudiar lo que de verdad me interesaba.

¿Por qué, entonces, había aceptado enseguida la propuesta? ¿Un mero impulso de responsabilidad, reminiscencias de la educación recibida, en la que había tantas peticiones obligatorias? Leí los prólogos de las ediciones más clásicas de la obra, hojeé algunos de los estudios que se consideran imprescindibles. ¿Cómo me había metido en semejante embrollo? Al fin, una mañana, dejé a un lado esos libros, me senté a mi mesa, abrí el ordenador, abrí la edición de La Celestina cuya letra era más clara, y me puse a escribir. “Argumento del primer acto. Entrando Calisto...” Y seguí y seguí. Sin darme apenas cuenta, había escrito cinco folios. Una traducción, eso es lo que era. Primero había que entender, lo cual, en algunos casos, significaba descifrar, y luego encontrar la expresión más ajustada en el español que hablamos hoy. Tenía algo de juego. Más parecido me dije, a un sudoku que a un crucigrama, por raro que suene. Aunque mucho más libre y abierto que los dos y que cualquier otro juego: el resultado no estaba fijado de antemano, dependía enteramente de mí.

¿Tenía alguna idea de lo que buscaba, de lo que quería? ¿Había una meta que me propusiera alcanzar? Solo una, muy amplia: hacer de La Celestina una lectura placentera. Que el lector que en otras ocasiones había abandonado el texto, desanimado, porque entendía muy poco, y el esfuerzo que debía realizar parecía excesivo—ingente, como me había parecido a mí—, aún sospechando que se privaba del disfrute de una obra clásica, se daba por vencido. En realidad, me dije, ya con cinco folios escritos (como si en lugar de cinco fueran cincuenta o ciento cincuenta...), vivo rodeada de esa clase de lectores. Yo misma me identifico con ese lector. ¿Y no lo he pasado bien? ¿No es este resultado sumamente satisfactorio? Los leí en voz alta, ¡qué bien me sonaron! Era La Celestina, sin duda, pero ya entraba en mí con facilidad, con naturalidad.

En el prólogo a la versión al español actual, habré de explicar con más detalle el proceso, pero adelanto aquí una de las cuestiones más relevantes a las que me he tenido que enfrentar: la aceptación, por parte del lector, de la imposibilidad de los amores entre Calisto y Melibea.

Los estudiosos han comentado ampliamente el enigma: ¿Por qué el amor entre Calisto y Melibea es un amor prohibido? ¿Qué impide que se casen y disfruten de él durante toda su vida? Este es el punto de partida y queda definido desde el primer acto de la comedia, desde la primera escena, desde el primer parlamento de Melibea. Con estas palabras de Melibea se cierra...

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Additional Information

ISSN
2153-6414
Print ISSN
0018-2133
Pages
pp. x-xi
Launched on MUSE
2012-03-23
Open Access
No
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