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2000: El astillero

From: Nuevo Texto Crítico
Volume 23, Numbers 45-46, 2010
pp. 224-228 | 10.1353/ntc.2010.0017

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Norman Briski como Petrus

El astillero (Argentina, 2000), 85 minutos. Director: David Lipszyc. Guión: Ricardo Piglia y David Lipszyc sobre El astillero de Juan Carlos Onetti. Fotografía: Willi Behnisch. Escenografía: Pepe Uría. Música: Chango Spasiuk. Sonido: Jorge Stavropulos. Montaje: Juan Carlos Macías. Intérpretes: Ricardo Bartís (Larsen), Norman Briski (Petrus), Cristina Banegas (Josefina), Ulises Dumont (Medina), Ingrid Pellicori (Angélica Inés), Mía Maestro (mujer de Galvez), Luis Machín (Kunz), Alfredo Ramos (Gálvez), Mónica Lacoste (Rita), Geraldine Ceff, Fausto Collado, Eduardo Wigotow. Productor: Jorge Rocca (Log Films).

La novela original de Onetti, podría decirse, es una lenta, morosa alegoría de la decadencia. A partir del regreso del macró Larsen (expulsado de Santa María en una novela anterior que lleva su sobrenombre, Juntacadáveres), la historia se desenvuelve recordando o imaginando tiempos mejores, cuando el astillero de Puerto Astillero funcionaba y era un modelo de eficacia (ese flashback no aparece en la película), mientras el presente es una suma de equívocos y fingimientos.

Larsen como gerente general y Petrus como el dueño del astillero actúan como si las ruinas del lugar tuvieran algún futuro. Incluso en una secuencia Larsen le exige a Petrus un aumento de sueldo (aunque nunca había cobrado un salario y nunca cobraría en el futuro) y el anciano accede de inmediato firmando unos papeles. Es como si cada uno estuviese inmerso en su propia locura, y antes que nadie, Angélica Inés, la verdadera enajenada de la novela.

Piglia y Lipszyc hicieron la adaptación de la novela pensando menos en el lenguaje del cine que en el de la literatura, si bien la magia escritural de Onetti —su prosa soberbia a la vez que sintácticamente difícil— desaparece y los diálogos son apenas andamios para que el edificio de imágenes no se venga abajo. Donde Onetti había expresado un desánimo existencial rayano en la apatía (Larsen), la película representa a un compadrito de movimientos repentinos y reacciones imprevisibles. Una vez que está solo con una prostituta, Larsen la hace "posar" contra la pared y sufre un ataque de algo parecido a una leve apoplegía. Solo y frente al espejo, se limpia un diente con el alfiler de corbata. Su manoseo de las mujeres se convierte en un rápido estirón de manos.

En el papel de Larsen, un actor fundamentalmente teatral como Bartís, compome a su personaje teatralmente. A su vez Pelliciri no tiene mucha más suerte: destinada a ser la "loca" o la "rara", sobreactúa la risa o una probable (aludida) excitación sexual que no sabe cómo contenerse ya que "nunca tuvo hombre". Gálvez y Kunz recitan sus papeles. Ulises Dumont representa bien al comisario Medina pero no se autoriza (o no le autorizan) sus acostumbrados tics. Casi lo mismo sucede con Norman Briski, un actor especializado en la comedia, que aquí hace a un Petrus adecuadamente contrito hasta el desenlace despectivo, cuando al fin consigue un documento que lo comprometía y, a salvo, despide a Larsen con eficacia de viejo patrón.

Larsen es un proxeneta en las novelas de Onetti. Aquí es apenas un hombre que simula su hombría de acuerdo con los códigos tangueros pero que en el momento de mayor vulnerabilidad se deja acunar maternalmente por Josefina, y le chupa un pezón como un bebé cualquiera.

El problema de El astillero —la película— es la oportunidad que desaprovecha por crear un clima fantasmal que exprese la herrumbre, la corrosión y la decadencia. En la novela, la última imagen es la de una primavera que empieza a aparecer con los sonidos de la naturaleza al final de un invierno que es la última estación de vida para el personaje central. Era su poesía del detritus, la decadencia y la sobrevivencia. Nada de eso se recrea o potencia en las imágenes, cuando tal vez era una película que habría valido la pena tratar complejamente desde la banda sonora. Una secuencia de...



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