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Onetti y los nuevos narradores uruguayos

From: Nuevo Texto Crítico
Volume 23, Numbers 45-46, 2010
pp. 165-167 | 10.1353/ntc.2010.0033

In lieu of an abstract, here is a brief excerpt of the content:

Por lo que sé, que es el resultado de indagar en algunos de los libros publicados últimamente, de atender las reseñas literarias de los periódicos y de cientos de originales que me ha tocado leer como jurado en varios concursos, entre los más recientes narradores uruguayos no se advierten posibles herederos directos de Onetti.

Me atrevo a decir que lo más cercano que estuvieron de Onetti los jóvenes montevideanos fue en el año 83 del siglo pasado, hacia finales de la dictadura militar, cuando a Gabriel Peveroni se le ocurrió bautizar Juntacadáveres a un antro nocturno, pub, boliche o como quiera llamársele. Peveroni, entonces periodista y hoy también novelista y dramaturgo, sabía sin duda de la existencia de Larsen, aunque mayoritariamente la fauna que frecuentaba el lugar, y que al menos en los papeles adhería a la santísima trinidad de sexo, drogas y rock and roll, ignoraba el sueño del prostíbulo perfecto aunque comulgaba con las obscenidades del Chinasky inventado por Bukowski.

No siempre fue así, entre quienes publicaron en Uruguay durante la década del 60 y principios de la siguiente, el peso de Onetti fue señalado en tres novelistas: Juan José Lacoste, Jorge Musto y Jorge Sclavo.

Lacoste, argentino de nacimiento aunque montevideano por adopción, nueve años menor que Onetti y amigo personal de éste, publicó en 1964 Los veranos y los inviernos, la más onettiana de las suyas, aunque en Los restos de la noche, de 1970, la última, que vio la luz antes de la muerte del autor en 1988, se encuentran trazas que se pueden rastrear desde el título mismo. En Jorge Musto, nacido en 1927, la sombra de Onetti planea en sus dos primeras novelas: Un largo silencio, de 1965, y Noche de circo publicada un año después. En obras posteriores, Musto se apartó de esa línea y transitó por otros andariveles, donde se pueden detectar lecturas atentas de Marguerite Duras y Cortázar. Algo similar ocurrió con Jorge Sclavo, montevideano del año 36, quien se estrenó como novelista con Un lugar para Piñeiro en 1966, aunque en su narrativa posterior buscó, y logró, sacudirse lo que para él era, así me lo confesó, el lastre Onetti. Como dato complementario y creo que nada menor, Un lugar para Piñeiro y Los restos de la noche, fueron premiadas por sendos jurados integrados, entre otros obviamente, por el mismísimo Juan Carlos Onetti.

La voluntad de zafar de la telaraña onettiana, expresa en Sclavo y evidente en Musto, parece haberse extendido como voz de alerta en las generaciones de narradores más cercanas en el tiempo. La búsqueda de una voz propia elude, conscientemente las menos de las veces, el legado del viejo maestro, focalizándose en otros modelos menos comprometedores y más a la mano. Aunque quede mal decirlo, tampoco los escritores, sobre todo en sus comienzos, son inmunes a las modas. No es necesario hacer el recuento de quienes en la década del setenta y siguientes imitaron a García Márquez, Cortázar, Puig y a otros que ustedes podrán recordar. Hubo como una manía de macondos, cronopios y boquitas pintadas. Sin embargo Onetti nunca estuvo de moda.

En mi país los lectores perezosos han acuñado una frase bastante desdeñosa: "Onetti es un escritor para escritores". Una manera fácil de liquidar de un plumazo un problema que no reside en la literatura onettiana sino en la propia incapacidad de quienes, como en otras actividades de la vida, prefieren los atajos, comer lo que viene a medias digerido y ahorrarse la parsimoniosa y necesaria masticación. Aquella mala frase se ha extendido y sirve de pretexto para pasar de los libros de Onetti, sin siquiera haberlos abierto. Onetti nunca fue un escritor masivo, las ediciones de sus obras han demorado mucho tiempo, años, en agotarse. Sucedía y sucede, al menos en el Uruguay. Como muestra basta un botón: hace más de un año en la serie económica de Punto de Lectura se edit...



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