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Cachorros, hombres viejos, artistas del hambre

From: Nuevo Texto Crítico
Volume 23, Numbers 45-46, 2010
pp. 87-90 | 10.1353/ntc.2010.0025

In lieu of an abstract, here is a brief excerpt of the content:

"En realidad lo que soy es un indiferente", confesó alguna vez Juan Carlos Onetti en una entrevista publicada en Montevideo a mediados de los años '80. Es bueno tenerlo en cuenta. En literatura, a semejanza de lo que ocurre en la vida misma, la indiferencia hace milagros. Deje usted pasar dos o tres veces una invitación por correo y vendrán a buscarlo en persona. Los cuentos de Onetti -cuando no Onetti completo- son expertos en devoluciones al remitente y oportunidades perdidas. Frente al esfuerzo y movimiento de conquista que supone cualquier objetivo, ya se sabe que su opción consiste en tocar madera y encomendarse al quieto milagro del no-ser. Aunque no lo parezca, allí están Larsen, Díaz Grey, Brausen, Petrus y Medina para evidenciarlo. Por lo mismo, si tal como lo señalara Rodríguez Monegal "el fracaso de Onetti no es el de la calidad sino el de la oportunidad", palabras dirigidas en referencia a la falta de reconocimiento en tiempos del boom, hoy habría que completar la sentencia diciendo que la paradoja de su éxito es el de la indiferencia y no de la cortesía.

Dos relatos suyos son ejemplares en este arte de lo imperturbable. Me refiero a los cuentos Bienvenido Bob (1944) y Jacob y el otro (1961). En ambos casos, la indiferencia de la voz narativa —una voz que apenas se altera con los cambios de posición y ejes del punto de vista— hace posible que los relatos ardan quietos en su fatalidad y desesperación, como si todo estuviera en su sitio, para usar una expresión muy adecuada de Joseph Roth. Por supuesto, no hay nada que esté en su sitio en estos dos cuentos; más bien los espacios están siempre a punto de desbarrancar, y de hecho desbarrancan con premeditada crueldad, cumpliendo el designio de la primera frase: "Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del mundo en que se llamaba Bob". O bien, como cuenta el médico al inicio de Jacob y el otro: "Media ciudad debió haber estado anoche en el Cine Apolo, viendo la cosa y participando también del tumultuoso final".

En ambos relatos asistimos a la constante onettiana del enfrentamiento entre jóvenes y adultos, pero radicalizada aquí en función de la pasión juvenil por alcanzar una meta, de un lado, y de la inutilidad de lograrlo, del otro. Para la narración, la experiencia es un saber moribundo que sin embargo vale la pena revisitar cada tanto. La lucha que sigue recuerda al polaco Gombrowicz y su desopilante representación de la cultura como el campo magnético de las oposiciones de adolescencia y madurez que domina el deseo de cachorros, hombres viejos y artistas del hambre. Pero allí donde Gombrowicz es paródico, Onetti es realista; lejos de la histeria que domina al polaco, el narrador uruguayo es indiferente al resultado del combate que se desarrolla entre Jacob y su propia fuerza desmayada, o al que libra el joven Bob para evitar el matrimonio de su hermana Inés. Si el narrador de Gombrowicz participa del patético devenir de los adultos en sus muchas vueltas por escapar de las formas petrificadas de la adultez, el de Onetti se ausenta de los resultados y toma las pretensiones de la forma por lo que son: balas perdidas. En su fuero interno ya sabe, o parece saberlo, de que no hay movimiento de defensa o de captura que valgan. Su narración ideal es aquella que abandona el campo de batalla hacia adelante, como quien deja atrás el miedo de no tener nada a lo cual aferrrarse.

"Ocupar una colina puede ser más importante que perder un parque de municiones", acierta a decir el Príncipe Orsini en un pasaje clave de Jacob y el otro, cuando prepara la fuga de Santa María sin contar con la orgullosa reacción del campeón. Es una decisión meditada, bien planificada y mejor implementada de lo que el propio Orsini estaría dispuesto a admitir. No vale la pena luchar de verdad y ser...



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