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Juan Carlos Onetti: Historias del otro lado

From: Nuevo Texto Crítico
Volume 23, Numbers 45-46, 2010
pp. 69-74 | 10.1353/ntc.2010.0011

In lieu of an abstract, here is a brief excerpt of the content:

—Sí —le contesto mirándole las manos—. Es posible que tenga razón; es posible que no salga de usted mismo ni un minuto por día o minutos que no cuentan. Un hombre así siempre tendrá razón.

—Por ahora con mi soledad […] tengo bastante. No necesito más de fuera. Todo lo demás me viene del otro lado. ¡Qué sé yo de dónde viene! Ramón Chao, Un posible Onetti

Los valores de la escritura de Juan Carlos Onetti son muchos, pero sin duda uno de sus mayores legados se encuentra en su capacidad para mostrar simultáneamente los procesos de la ficción y sus resultados; lo que dio lugar a un imaginario que, además de construir un mundo de gran densidad existencial, continuamente se interrogó por las causas que llevan a la invención de historias. Lo fundamental, lo que convirtió esa propuesta en una literatura inolvidable, fue el modo en que en todo momento evitó la tentación de un experimentalismo de sesgo barroco, limitado al juego autorreferente y metadiscursivo, para, por el contrario, sustentarse en claves radicalmente vitales.

Probablemente, uno de los motivos que explicaría nuestra fascinación por los relatos viene de que la ficción, en cualquiera de sus formas, ha constituido la posibilidad de trasladarnos a un lugar que no es el nuestro, un espacio mental que nos permite jugar, o soñar, a ser otros. Una de las preguntas que la literatura nos ha invitado siempre a hacernos y a tratar de responder es: «¿qué se siente al vivir otra vida?»; «¿qué nos espera en ese lugar donde mi nombre es otro, donde todo aquello que me ha construido se diluye y me lleva a una intemperie tan fascinante como enigmática?» Este deseo de huida o de mudanza responde a diferentes causas según las épocas; la literatura moderna, en gran parte, despliega esta exploración como respuesta a una crisis de civilización que pobló el espacio social de seres alienados e insatisfechos. Juan Carlos Onetti expresó en más de una ocasión cómo su obra surge de un contexto rioplatense muy específico, el de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, que dio lugar, según sus propias palabras, a un tipo de lo que él llamó «indiferente moral» producto de las atmósferas, casi siempre opresivas, de las urbes de ambas orillas del Río de la Plata: Montevideo y Buenos Aires. En esta estela, los protagonistas de sus novelas y cuentos se movieron siempre en soledad, habitando espacios cerrados, víctimas de las diversas formas de la incomunicación.

Lo imaginario, construido mediante sueños, deseos, imposturas o ficciones, supone así en su literatura la posibilidad de romper esta situación de encierro y de tantear diferentes formas de salvación. Sus personajes se nos aparecen en el intento de romper el limitado espacio de sus propias vidas, lo que constituye con frecuencia el conflicto central de lo narrado. Si, como se ha aceptado unánimemente, el mundo imaginario de Onetti da un salto ya definitivo, en cuanto a espesor y complejidad, con La vida breve, no hay que olvidar que ese espacio surge —desde dentro de la propia trama— de una situación que reproduce con exactitud esta encrucijada prototípica: Brausen, enclaustrado en el ambiente asfixiante de su apartamento, mascando el fin inminente de su relación con Gertrudis, oye la voz de la Queca al «otro lado» del tabique de su casa. A partir de aquí, su afán será conquistar ese lugar ajeno, y para ello no le quedará otra salida que construirse una ficción que le permita ser otro, Arce para más señas. Pero aún hay más, ante la invitación a escribir un guión cinematográfico, Brausen comienza a dibujar en su imaginación y sobre el papel los perfiles de una ciudad, Santa María, que en adelante se convertirá en el escenario de la mayor parte de las historias que completan la obra de Onetti. El sentido de ambos despliegues es nítido: «Pero yo tenía entera, para salvarme, esta noche...



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