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Los personajes de Onetti en el infierno tan temido

From: Nuevo Texto Crítico
Volume 23, Numbers 45-46, 2010
pp. 135-140 | 10.1353/ntc.2010.0030

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Pero debajo de cada primavera están acumuladas, inconcretas, otras, de recuerdo ya envejecido que han depositado para siempre su gota de dulzor o amargura en la memoria. Gotas que reviven e impregnan sutiles la primavera recién nacida. Y sí, el pasado es inmodificable

(Cuando ya no importe, Madrid, Alfaguara, 1993, p. 78)

No se trata de volver sobre los personajes de ese brillante relato que es "El infierno tan temido", el título es metáfora de una ubicación, la que Juan Carlos Onetti (1909-1994) eligió sistemáticamente para sus personajes. El uruguayo dio vida a un icono Junta, Larsen, el chulo desclasado de El astillero (1961), de Juntacadáveres (1965) y de tantas novelas y relatos, de esa forma estaba creando un modelo que con algunas variantes puebla su universo. Un universo que es un solo y largo libro inacabado que atrapa al lector.

"Siempre dije que los críticos son la muerte; a veces demoran, pero siempre llegan", no quiero perturbar esta creencia suya así que las reflexiones que siguen, adelanto, no quieren ser nada críticas. Conocí a Onetti en 1975, fue la única vez que lo vi, cuando en Sevilla recalaba un magno Congreso Internacional sobre el Barroco. Es difícil olvidar aquella tarde en torno a un señor muy alto con un güisqui en la mano durante toda la reunión y con pocas ganas de charla.

En cierta ocasión dijo Onetti preferir la lealtad en los amigos, la ternura en la mujer y la bondad en el hombre y sin embargo sus relatos están llenos de amigos desleales y mujeres y hombres "duros". Y si al preguntarle por su lema exclama:"que me dejen en paz", pese a ello, persistimos en hablar de él.

En el principio estuvo el cuento, aquel "Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo" (1933), arteria bonaerense, espacio frecuentado en sus años jóvenes, y la novela El pozo (1939), tan acorde al gusto existencial de entonces, hasta llegar a Cuando ya no importe (1993), su última novela. Hablan sus biógrafos de sus sentimientos de fracaso en las facetas vitales de niño, luego de adolescente y más tarde, ya instalado en la literatura tras el estímulo de su indiscutible maestro, Roberto Arlt, como segundo en galardones literarios hasta que llegó el "Premio Cervantes" en 1980. Para entonces estaba instalado en España donde se había exiliado y donde le encontraría la muerte. Quizás lo que algunos han llamado la "seducción del fracaso" no fuera sino la defensa o máscara con la que el eterno perdedor debía protegerse frente el trato injusto, frente a la falta de sensibilidad ante una escritura impecable, de las más impecables. En su juventud pasó largos periodos en Buenos Aires (1930-1934 y 1941-1955) y a partir de 1975 se trasladó a Madrid. No podríamos decir que el exilio modificara la obra que escribió en España, siguió en su mundo, de espaldas al compromiso político y a la novela de problemática social, huyendo de saraos literarios y haciendo gala de su postura de "indiferente", como le gustaba calificarse.

A fines de los treinta había llegado al Río de la Plata una actitud familiar en la Europa de posguerra, la reacción negativa de los escritores o intelectuales contra los valores generados, germen del indiferente moral, del hombre sin fe ni interés por su destino que tendrá en los héroes onettianos el molde perfecto. Por lo demás, su pequeño país, Uruguay, había dejado de ser la "Suiza americana". Onetti, periodista de profesión y vocación, perteneció a la generación de Marcha, ligeramente nihilista, creadora de parias espirituales, de desterrados morales y desencantados políticos.

Desde el comienzo mostró desinterés por retratar la realidad externa y fabricó un orbe propio, una realidad dominada por la futilidad de afirmar la individualidad y por la impotencia para justificar una vida superflua en un mundo carente de sentido. Su mundo es autosuficiente, generador de sus propias condiciones de vida, y tiene un nombre: Santa Mar...



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