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A propósito de los alumbrados: Confesionalidad y disidencia religiosa en el mundo ibérico
In lieu of an abstract, here is a brief excerpt of the content:

Una larga tradición historiográfica ha descrito el fenómeno que llamamos “alumbrado” como una excrecencia de la gran tradición mística española, una suerte de rama díscola injertada en el tronco sano de la arrebatada espiritualidad del quinientos hispano. En las páginas sembradas de paradojas de En torno al casticismo, Miguel de Unamuno, después de poner a la mística en el centro del espíritu castellano, diagnosticaba su enfermedad, y por extensión la de Castilla misma, en lo que denominaba sus “hipertrofias morales”. “Las del misticismo castellano” –escribe Unamuno– “fueron el quietismo egoísta del abismarse en la nada o el alumbrismo brutal dado a la holganza y al hartazgo del instinto, que acababa con el horrible consorcio del anegamiento del intelecto en el vacío conceptualizado con la unión carnal de los sexos … en el último extremo de lo que llama San Juan lujuria y gula espirituales” (229).

Poco, más bien casi nada, podía saber Unamuno de los verdaderos contenidos, de las prácticas, creencias y actitudes que adoptaron aquellos que durante algo más de un siglo el Santo Oficio persiguió como “alumbrados” –en realidad, solo una lenta labor de archivo ha ido exhumando poco a poco los documentos que nos permiten hoy tomar la temperatura de este escurridizo fenómeno–; sin embargo, la dramática visión de la espiritualidad española que trazó a grandes rasgos Unamuno, una espiritualidad que él describía estrangulada entre la fuerza desbordada de su búsqueda de Sentido (con mayúsculas) y una Inquisición que más parecía “aduana de unitarismo casticista”, impresionaron a un joven historiador, de nombre Marcel Bataillon.

Bataillon no sólo tradujo al francés los ensayos de Unamuno, por cierto, cambiando su título por el no menos elocuente de L’essence de l’Espagne (Paris 1923), sino que dedicó el resto de su vida a estudiar la singularidad de esta tradición intelectual y religiosa.1 Su trabajo, nutrido en sucesivas ediciones por los comentarios que suscitó en lectores tan entusiastas pero también críticos como Eugenio Asensio, contribuyeron a que el erudito francés individualizara en el centro mismo de la aventura espiritual española un fenómeno que había sido tan resistente a su represión doctrinal como iba a mostrarse luego a su comprensión historiográfica, y cuya relevancia resultaba sólo proporcional a la dificultad de determinar con exactitud sus fronteras doctrinales, las fuentes de las que se nutría o su cronología precisa. En particular Bataillon hizo un intento de responder e incorporar las importantes críticas de Asensio quien había puesto de manifiesto las raíces medievales de los movimientos espirituales del siglo XVI a través de tres ejes constituidos por los biblistas hebreos, conversos y cristianos viejos, por el espiritualismo franciscano en segundo lugar y, en tercero y último, por los gérmenes de renovación religiosa que por sendas diferentes llegaban de Italia.2 Por lo tanto, el erasmismo, fundamental en orientar determinadas corrientes espirituales e ideológicas en España, en opinión de Asensio, no estuvo solo a la hora de crear estas propuestas ni fue la única respuesta a las inquietudes de renovación religiosa.

En sintonía con estas acertadas puntualizaciones, las sucesivas ediciones de Erasmo y España destacaron en el centro de su análisis del Alumbradismo su carácter irreductiblemente autóctono.3 Incluso cuando la estrategia seguida por el historiador francés fue la de estudiar la historia espiritual del siglo XVI en un contexto europeo, haciéndola así partícipe de la misma corriente de reforma que atravesó el resto de Europa, su “Iluminismo” –como él rebautizó este movimiento– se resistía a dejarse encerrar en categorías importadas. Al contrario: el erasmismo español, intuía ya a mediados del siglo pasado el estudioso galo, resultaba “indispensable verlo sumergido en el seno de un movimiento espiritual más vasto, que la Inquisición trata[ba] de contener en esos días con un dique: alumbrados, dejados o perfectos”.4

Bataillon dibujaba lo “alumbrado” como una vocaci...



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