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El último Cortázar. Notas sobre un conflicto estético-político

De mi país se alejó un escritor para quien la realidad, como la imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro; en París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad.

Julio Cortázar, carta a R. Fernández Retamar (10/05/1967)

En 1921, Roman Jakobson habría dado con la „fórmula definitiva" (son palabras de Eichenbaum)1 de aquello que los formalistas andaban buscando: la preeminencia de la función estética sería, de allí en más, el criterio para reconocer la literariedad del texto literario y conferirle a la disciplina de la crítica un estatuto supuestamente científico. La oportunidad del planteo y, sobre todo, el anhelo de sistematización y rigor expresado explicaría el entusiasmo que compartió en ese momento con Eichenbaum el resto del elenco formalista. Desde luego, resulta difícil disentir con una fórmula que, fiel al intento de fundar una teoría de la literatura, advierte sobre la especificidad estética y lingüística de la obra. Sin embargo, en consideración de otros aportes críticos, sería necesario repensar la eficacia de dicha fórmula. Como se desprende de trabajos apenas posteriores de Tinianov (1927) e, incluso, del mismo Jakobson (véase su ensayo en colaboración con Tinianov, 1928), la primacía estética será disputada con mayor o menor grado de reconocimiento según las épocas y desde ideologías que privilegian funciones de índole diversa. Nos encontramos así frente a un objeto, el texto literario, definido por prioridades que cambian y modifican su aspecto, desde las banderas del arte por el arte a las formas más explícitas de realismo, tal como se presentan, por ejemplo, en el género del testimonio y los relatos de no-ficción. Dicho de otro modo, la relación mantenida por la literatura con las series vecinas y sus distintos grados de orientación social será determinante en la adjudicación del espacio ocupado por la estética.

Tratándose de Julio Cortázar (1914–1984), quisiera analizar el modo en que se manifiesta esta dinámica y, especialmente, las tensiones que asaltan al escritor que recibe [End Page 28] el llamado de la política. Se busca entender cómo la visión del mundo que sería propia del autor se expresa y formaliza en la obra, sin descuidar la proyección externa o plano comunicativo (semántico) del discurso.2 ¿De qué manera, la narración y, más precisamente, la trama narrativa contribuyen a la creación de un sentido que, a su vez, participa en la construcción de la mímesis e involucra la subjetividad?3 Dicho de otra manera, interesa destacar la interacción particular del mundo creado por el texto—su „trascendencia inmanente" (Ricoeur 1984, 14)—y el mundo del lector. Las cuestiones teóricas que acabo de esbozar obligan, en el caso específico de Cortázar, a considerar de conjunto sus cambiantes posicionamientos ético-políticos y la experimentación que lleva a cabo de nuevas formas narrativas. Es claro que en una lectura como ésta la obra mantiene un grado de autonomía respecto al proyecto autorial. Tampoco hace falta volver sobre aquella premisa de una vieja crítica marxista que veía en las manifestaciones de la superestructura, la literatura entre otras, un reflejo más o menos directo de las condiciones materiales.

Por otra parte, atendiendo a una preocupación de la historia cultural, se sabe que el proceso conducente a la autonomía estética suele manifestarse de modo contradictorio en países que conocen un desarrollo tardío y a menudo incipiente de sus instituciones. Es el caso de la Argentina donde la independencia del campo literario debió aguardar la consolidación del estado nacional, hacia 1880, sin que la discusión sobre la función social y el valor político de la literatura se apagara nunca por completo. En este paisaje de relativa autonomía, la Revolución Cubana (1959) marcó una inflexión política...


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