• Pedro I y La Propaganda Antipetrista En La Génesis y El Éxito De La Poesía Cancioneril Castellana, I
Abstract

Este trabajo muestra cómo la negación del reinado de Pedro I y el oscurecimiento del propio monarca fue de enorme importancia en la gestación y difusión de la poesía de cancionero castellana bajomedieval. Los Trastámara comprendieron pronto el inmejorable vehículo de propaganda política que era la composición de poemas, por lo que fomentaron durante sus reinados el olvido de Pedro I. [End Page 109]

Es bien conocido que la Relación sumaria de la Historia verdadera del Rey Don Pedro (Philo Biblon BETA Texid 3377) es una de las obras de mayor complejidad analítica en toda la literatura hispánica de finales de la Edad Media y comienzo del Renacimiento. No solo en lo que concierne a su laberíntico entramado ecdótico, del que se han ocupado investigadores como Diego Catalán (92–95), y, en un plano más modesto, todos los que formamos parte de PhiloBiblon, sino también en lo tocante a su labor de reivindicación de la figura del más denostado monarca de la Edad Media hispánica. No me referiré a esta obra historiográfica en prosa más que para destacar algo que fundamentará el objeto de análisis de este artículo: el binomio semántico presente en el título, es decir, 'historia' y 'verdadera'.

A través de estas palabras, la intención del autor de esta crónica –fuera quien fuese– queda explícitamente declarada: arrojar luz sobre las sombras de los eventos sucedidos durante el reinado de Pedro I. Tal determinación se percibe aun de forma más evidente si pensamos que en varias copias de este texto se especifica que "ay dos corónicas, una fingida y otra verdadera; la fingida fue por se desculpar de la muerte que le fue dada".1 Es decir, se caracteriza a la crónica de Pero López de Ayala como 'historia fingida', escrita con el objetivo de edulcorar una realidad que podría haber sido bastante distinta a como la conocemos hoy, tal vez por las diferentes reelaboraciones de los materiales que el canciller dejó escritos a su muerte (Valdaliso Casanova, "La historicidad" 6). La existencia de una "historiografía petrista sojuzgada" durante el siglo XV (Conde López) y de cronistas más afines a Pedro I que a los Trastámara (González de Fauve-Las Heras-Forteza, "Los cargos") ha sido académicamente demostrada. Debido a ello, por más nebulosas que envuelvan a esta Relación sumaria hasta hacerla una especie de obra fantasma (Valdaliso Casanova, "Una docta contienda"; Marino, "Two Spurious"), [End Page 110] si no fue a través de ninguno de los griales petristas (Valdaliso Casanova, "La historicidad" 12), lo sería a través de otros textos y relatos, pero no hemos de albergar dudas: Pedro I tuvo también sus defensores en la literatura castellana de la Edad Media.

No es preciso insistir demasiado en un detalle bien conocido por todo aquel que haya tenido que afrontar la investigación de los siglos bajomedievales: la enorme importancia que la propaganda ideológica favorable a la dinastía Trastámara desempeñó durante la guerra civil, acontecida entre los años 1366 y 1371 (Valdeón Baruque, Enrique II 96–100, "La propaganda"; Valdaliso Casanova, "La legitimación"). Además de conflicto bélico fratricida, se trata de un episodio encajado en el contexto internacional de la comúnmente denominada Guerra de los Cien Años (Russell; Mitre Fernández, La Guerra), es decir, en la pugna territorial y dinástica entre Francia e Inglaterra por la hegemonía de la Europa medieval. A los ingredientes bélicos hay que sumar los socio-económicos de unos reinos peninsulares atravesando con paso inseguro el cambio de modelo de producción feudal (Martín Cea; Canales Sánchez), lo que, en términos prácticos, se tradujo en el enfrentamiento a todos los niveles de dos planteamientos de gobierno radicalmente opuestos tanto en su concepción como en su desarrollo (Valdeón Baruque, Los Trastámaras 15–19). Tanto se ha insistido en las diferencias absolutas entre los dos hermanos que su lucha ha sido no pocas veces definida como un duelo entre el monarca feudal y belicoso que aún creía poder actuar como primus inter pares con sus nobles, contra el sagaz gobernante moderno que sabe disponer de las rentas y del patrimonio de la Corona para jugar al gato y al ratón con la nobleza del reino (Madrazo Madrazo 48). Por este motivo, en ocasiones se ha interpretado el enfrentamiento bélico fratricida entre petristas y trastamaristas como la primera guerra civil española, una idea que surgió en los años 40 del siglo XX (Viñas y Mey) y que ha sido convenientemente matizada (Estow xxviii-xxix; Valdeón Baruque, Pedro I), pero no refutada en su totalidad, por lo que sigue siendo un planteamiento analítico muy atractivo.

Para nuestro propósito en estas líneas, debemos establecer como premisa el hecho de que, una vez comenzada la guerra, la irradiación de discursos [End Page 111] e imágenes apologéticas favorables a la dinastía del candidato bastardo fue de capital importancia en el conflicto desde sus mismos inicios, en tanto que los ideólogos trastamaristas lanzaron el interesado –y, por supuesto, falso– rumor de que un judío, llamado Pero Gil, era el padre de Pedro I (Amador de los Ríos; Perea Rodríguez, La época 29–36). Esta agresiva acción propagandística, que dio lugar al apelativo de 'emperogilados' que recibían los petristas de la época, no solo convirtió al monarca legítimo en ilegítimo, sino que Enrique de Trastámara fue transformado en el único candidato moralmente apto para ceñir en sus sienes la corona de Castilla (Valdeón Baruque, Los Trastámaras 21–22). La batalla ideológica se libró también a través de la propagación de tales imágenes en documentos de la cancillería regia (Rábade Obradó), crónicas y textos narrativos (Mitre Fernández, "La Historiografía"), e incluso composiciones poéticas: todo valía para apoyar ideológicamente a los Trastámara. En el caso concreto de los romances, cuyo éxito en la difusión fomentó gran parte de la percepción que hoy tenemos del monarca vencido (Estow xxxv-xxxvi), Mirrer-Singer (37–81) ya demostró con solvencia, valiéndose de las entonces novedosas teorías sociolingüísticas sobre narrativa de William Labov y de Joshua Waletzky, cómo el uso de estructuras y de vocabulario por parte de los trovadores ya predisponían al público –oyente primero, lector después– contra Pedro I. Estos clichés pasaron de la literatura oral a la narrativa culta, en tanto las crónicas bajomedievales no tuvieron reparos en utilizar la poesía popular como fuente de información (López Valero; Simonatti). A modo de resumen de esta idea:

Linguistic devices similarly evaluated the activities of the turbulent period, shaping the anti-Pedro romances into a harsh indictment of the dethroned king which later found its way into a royal chronicle, the Crónica del rey don Pedro, preserving for posterity the insidious locutions of the hostile propaganda.

Otro de los usos subjetivos de información sobre el último rey de la dinastía Borgoña castellana podemos hallarlo en el plano opuesto –mas siempre complementario– a la lírica popular: el de la lírica culta. Allí surgió la figura de Pero López de Ayala, el gran canciller de enorme talento literario y de no menor aptitud propagandista, conocido por ser la pluma más destacada en [End Page 112] el proceso de justificación escrita del indudable y meteórico –mas ilegal y amoral– ascenso de los Trastámara al trono de Castilla (Martín Rodríguez). Como quiera que su línea fue seguida posteriormente por todos aquellos literatos que, como un siglo más tarde diría de forma socarrona el cronista cura de los Palacios, siempre escribían "a viva quien vence" (Bernáldez 27), López de Ayala fue el pionero en la creación de una apología pro-Trastámara según la cual la crueldad sanguinaria de Pedro I era el pecado irredento que justificaba la irregularidad del ascenso al trono de su hermano Enrique. Sin embargo, en el otro lado de esta hipotética balanza propagandística, quedó el vacío, sobre todo tras la consolidación del gobierno de la dinastía Trastámara en el siglo XV. No obstante, una actitud de revisión del petrismo en los inicios del siglo XVI favoreció en esa centuria la aparición de varios trabajos centrados en la figura del 'justiciero' Pedro I (Estow xxvi-xxvii), que se contraponían a la supuesta crueldad con que le habían motejado los cronistas del bando vencedor. La popularización de esta idea se hizo casi siempre a través del caudaloso romancero petrista (Entwistle; Pérez Gómez) y, en especial, a través del teatro del Siglo de Oro, en el cual grandes autores –como Lope de Vega– retrataron al monarca en sus obras representándolo conforme a otros valores y tiempos (Exum), que no eran desde luego los que el verdadero Pedro I vivió (Catalán Romero 110–22). Aunque la presentación del rey conforme a la otra cara de la moneda se basaba en una tan lógica respuesta al estereotipo anterior como en una situación bastante verosímil de haber ocurrido, esta imagen de rey justiciero fue totalmente contaminada por la literatura posterior, especialmente la producida a partir del romanticismo en el siglo XIX (Sanmartín Bastida; Catalán Romero 123–65). Pero en lo referente a la historiografía, el morbo y las ideas preconcebidas han seguido siendo variables a esgrimir en el análisis de Pedro I. Así, ha habido estudiosos que se han lanzado en busca de una hipotética razón médica o fisiológica que explicara la proverbial ira del rey (Moya), o incluso algunos que continuaban la tradición ventajista de dar por ciertas solo las noticias de uno de los bandos en la contienda (Villalon). Pese a que en algunos casos las trampas apriorísticas hacen de estos análisis muy dudosos de albergar calidad historiográfica, sus conclusiones han gozado de bastante fortuna, ya que, por desgracia, han convivido con los notables [End Page 113] avances sobre el conocimiento de la figura del polémico monarca publicados durante el siglo XX y lo que llevamos de XXI (Estow; Díaz Martín Pedro I y Pedro I el Cruel; García Toraño; Barrios). Con todo, la última palabra historiográfica sobre Pedro I aún no ha sido escrita, pues son muchas, y de gran tamaño, las sombras que oscurecen su devenir.

El conflicto entre petristas y trastamaristas no fue el único en la Castilla medieval en el cual dos linajes regios se disputaron el trono (Perea Rodríguez, "Propaganda ideológica" 584–86), pero sí el que más influiría en términos socio-culturales, de manera que sus rastros eran todavía evidentes siglo y medio más tarde de su finalización. Tal persistencia se debió, en primer lugar, al poder del uso de la lírica como recurso mnemotécnico, lo que hizo posible que tanto los monarcas de la dinastía Trastámara como los agentes a su servicio valoraran muy mucho el que la poesía pudiera popularizar un mensaje favorable a su causa con más rapidez que si se utilizaba otro canal de comunicación. De hecho, aunque se trate de un testimonio más tardío que la época que aquí se analiza, nadie mejor que el noble y ocasional trovador Gómez Manrique, tío del gran poeta Jorge de Manrique, para expresar esta idea, al justificar precisamente que escribía "en los metros de yuso contenidos porque se asientan mejor y duran más en la memoria que las prosas" (Manrique 214).

En segundo lugar, la influencia de esta interesada canalización de mensajes políticos se deja ver porque gracias a las "extraordinarias expectativas de popularización y, por tanto, de utilización propagandística" (Nieto Soria, "Apología" 188), la literatura castellana acabaría por delimitar un género propio, la poesía de cancionero, a través de cuyos versos la propaganda favorable a los Trastámara, iniciada en el fragor de la guerra civil del siglo XIV, extendería su omnímoda hegemonía también durante la centuria siguiente. Los monarcas de la dinastía entronizada en Montiel prestaron extraordinaria atención a un espinoso tema: su absolutamente ilegal acceso a la Corona de Castilla. Este aspecto suele ser a veces minimizado por análisis historiográficos pasados y recientes, hasta hacer del emboscado regicidio de Montiel tan solo "cierta forma de déficit de legitimidad" (Nieto Soria, "Ceremonia" 56), o incluso considerar el amoral cenit de la guerra civil más [End Page 114] una 'revolución' (Suárez Fernández 13–26), tratando de maquillar con la carga positiva de este vocablo la negatividad de algunos otros que, como 'golpe de Estado' o 'traición a la Corona', casan muchísimo más con lo hecho por Enrique II y sus descendientes.

No hemos de albergar duda en el hecho de que todos los monarcas Trastámara fueron plenamente conscientes del gravísimo problema que les planteaba, en cuanto a la obediencia de sus súbditos, cualquier reclamo de un pasado que recordase el punto conflictivo de Montiel. Es totalmente visible en los discursos producidos antes y durante la conflagración (Valdaliso Casanova, "Discursos" 129–31), y se vería con más claridad andando el siglo XIV, sobre todo cuando Juan I afrontase el difícil escollo de las mucho más legales pretensiones a la Corona de Castilla del duque de Lancáster, Juan de Gante, entre los años 1386 y 1388 (Perea Rodríguez, "Un ilustre" 34–38; Valdaliso Casanova, "Discursos" 138–41). Pero, al margen de las armas, las letras también se aprestaron a librar combate en la batalla de la legitimidad ideológica, puesto que el otro espinoso asunto al que los Trastámara prestaron absoluta atención fue al gran poder de convicción que los discursos poéticos tenían entre sus súbditos. Por este motivo, todos los reyes de la dinastía bastarda de Alfonso XI fomentaron y estimularon la creación, la difusión y la representación, si fuese el caso, de versos, composiciones y poemas que pudieran ser de ayuda, primero, para sostener el armazón ideológico de su monarquía; y más tarde, en un segundo momento, si no solventadas, al menos sí solapadas las mayores y feroces críticas tras el abrupto fin de la guerra civil, continuaron auspiciando y sufragando la emisión de tales discursos en verso, esta vez para contribuir a su continuado y paciente empoderamiento político. Por estos motivos, intentaré demostrar en este trabajo que el antipetrismo debe ser considerado uno de los pilares fundamentales en la popularización de la poesía de cancionero castellana durante los siglos XIV y XV, si bien junto a otros posibles aspectos literarios y culturales bien conocidos por todos y que no creo precisen de mayor explicación. [End Page 115]

La ausencia de Pedro I en la definición del género

El gran estudioso de los cancioneros castellanos, Brian Dutton,2 fechó hacia el tercer decenio del siglo XIV la entrada de nuevos y poderosos vientos en la lírica que se componía en tierras peninsulares. Algunos años antes de que las querellas dinásticas azotasen los reinos ibéricos, la poesía castellana ya había comenzado un progresivo desapego de las modas galleguizantes y provenzales (Deyermond, "Baena"). A raíz de los contactos pirenaicos y, sobre todo, a bordo de las naves de la Corona de Aragón, la chanson francesa, aderezada con suaves briznas del dolce stil novo italiano, había comenzado su desembarco en las tierras del centro de la península ibérica (Gentil 8–11). No es casual que el poema escogido por Dutton para señalar el comienzo de la poesía de cancionero, conocido por su primer verso, En un tiempo cogí flores (Dutton 7: VII-VIII), se le atribuya al mismísimo rey Alfonso XI, que además lo compuso para dedicárselo a su amante, la bella Leonor de Guzmán, madre de los Trastámara (Beltrán, "La cantiga"). A pesar de ciertas reticencias en su denominación (Severin), debemos convenir que la poesía de cancionero triunfó por la fluidez con que esa determinada estrofa, la 'canción', se hizo un hueco mayoritario entre otras muchas hasta ser la hegemónica, como han indicado diversos estudiosos de su configuración como género (Beltrán, La canción; Whetnall; Gómez-Bravo, "Dezir canciones"). Pese a que toda esta producción lírica muchas veces se escribió para ser declamada y cantada con acompañamiento musical (Moreno García del Pulgar), pasó a ser registrada en grandes libros que llamamos cancioneros. Estos almacenes de las modas poéticas de la Baja Edad Media fueron primero manuscritos, como es lógico; mas, desde la irrupción de la imprenta en el último tercio del siglo XV, la venta de estas recopilaciones alcanzó en ocasiones un enorme éxito editorial, como se colige de la minuciosidad con que algunos contratos de la época describen los intereses crematísticos entre impresores, editores y [End Page 116] mecenas de los cancioneros a llevar a las prensas (Perea Rodríguez y Madrid Souto 76–78).

La poesía de cancionero, aun plena de elementos internos que la distinguen de las demás modas coetáneas en Europa (Beltrán, Poesía española 21–26), también cuenta con algunas características comunes a todas (Gálvez 8–12). Sin embargo, cuando se habla de ella, en general no se alcanza a comprender la enorme magnitud que tuvo en la época. Bien es cierto que, en su período de máximo apogeo, establecido por Dutton entre los años 1360 y 1520, todo el Viejo Continente asistió a un auge de la producción poética en lenguas romances (Dutton y Roncero, 14–16). Así, sin olvidar la presencia constante aunque minoritaria de la lírica latina (Wetherbee 96–97), el período se caracterizó por varios fenómenos culturales. En primer lugar, el progresivo declive de la lírica provenzal, algo en lo que sin duda influyó el ya comentado desarraigo castellano por todo lo que venía de Portugal (Alvar 287). En segundo lugar, la transformación de la esencia cortesana del minnelied alemán, con el retroceso de los minnesänger aristocráticos hasta los meistersinger de mayor amplitud social (Ortmann y Ragotzky 236–40; Heinen), fenómeno éste de igual forma visible en el extraordinario incremento de la cultura laica en Castilla durante la Baja Edad Media (Boase; Lawrance). Es también el brillante período de la Italia del Renacimiento, receptáculo stilnovista al que la magia del petrarquismo haría implosionar algunas décadas más tarde para convertir la cultura transalpina en la primera potencia europea en cuestión de lírica (Picone 152–53). Y, por último, tampoco conviene olvidar que asistimos a la época dorada de la poesía social inglesa, de los Canterbury Tales de Geoffrey Chaucer y el Piers Plowman de William Langland a finales del siglo XIV, pasando por las obras de John Gower, de John Lydgate o de Thomas Hoccleve, hasta finalizar con la eclosión de todas ellas gracias a su difusión renacentista en las prensas de William Caxton (Boffrey y Edwards 21–32).

Sin entrar en el siempre complejo debate cualitativo que podría iniciarse con la comparación entre todas estas tradiciones poéticas, hay algo, sin embargo, que hace destacar sobremanera a la poesía de cancionero castellana: estamos ante la más fecunda cosecha lírica de toda la Europa románica de los [End Page 117] siglos XIV y XV. Con independencia de los datos inciertos sobre algunos cancioneros manuscritos perdidos (Dutton 7: 664; Deyermond, "¿Una docena?"), y sin contar tampoco con los muchos poetas que todavía son de biografía desconocida,3 nos hallamos ante un corpus cuyas cifras duplican, y casi triplican, a las producidas coetáneamente por cualquier otra lengua románica. Dejando de lado algunas nuevas fuentes cancioneriles menores que han ido apareciendo de manera dispersa en los últimos años y que, por lo tanto, no figuran en la catalogación de Dutton (Perea Rodríguez "Dos poemas"), el corpus censado por el maestro británico está formado por 216 cancioneros manuscritos y 231 impresos, aunque entre estos últimos existen algunos de los que no se ha conservado copia que haya llegado a nuestros días. En ellos se contiene la obra poética de alrededor de un millar de poetas conocidos (Gerli 11), esparcida entre los más de 7300 textos que conforman el registro de Dutton. Esta ingente cantidad de fuentes literarias conforma, pues, un fenómeno social y cultural insólito ocurrido en tierras hispánicas durante los siglos bajomedievales, tal como acertadamente lo expresa Gómez-Bravo: "The multiplication of people who wrote poetry on a wide array of occasions, even if it was just a few texts, from political to everyday topics, along with the rapid dissemination of paper, made poetry a widespread social phenomenon that went beyond a court elite" (Textual Agency 33).

Si la poesía suele ser, en líneas generales, un fenómeno literario cultivado por una minoría de autores, ¿qué explicación puede haber detrás de tan colosal proliferación de versos? Aunque la casuística de la historia de la cultura medieval es siempre compleja, no creo de ninguna manera casual el hecho de que el período de máximo esplendor de la poesía de cancionero coincida casi en su totalidad con el gobierno en los reinos hispánicos, primero en Castilla y más tarde en Aragón, de la dinastía bastarda de Alfonso XI. Por este motivo, la poesía de cancionero es, en este sentido, la lírica de los Trastámara: porque desde su nacimiento estableció un corte temático [End Page 118] clarísimo, basado en que prácticamente cualquier asunto era bienvenido si con ello se silenciaba un pasado que pudiera ser favorable a Pedro I, incluso cuando de forma objetiva ni lo fue ni podría haberlo sido.

La primera muestra de que la nueva lírica se aleja cultural y políticamente del monarca vencido en Montiel es que hayamos conservado tan solo un poema que esté dedicado al que fue un poderoso soberano, al menos durante los primeros años de su reinado. Y, desde luego, no participa ni de los metros ni de los temas típicos de la poesía cancioneril. Me refiero a los Proverbios morales (PhiloBiblon BETA Texid 1434) de Šem Ţob ben Ishaq ibn Arduţiel, más conocido en la literatura hispánica con su nombre castellanizado, Sem Tob de Carrión. En el análisis de su figura todavía hoy resuena aquella batalla encarnizada que libraron Claudio Sánchez-Albornoz y Américo Castro, los archienemigos de la academia medieval hispánica durante la primera mitad del siglo XX. Si el primero, aun reconociendo cierto mérito a los Proverbios, despreció la inclusión de su autor en el canon de la poesía hispánica del siglo XIV (Sánchez-Albornoz 478), el segundo contratacó arguyendo que la obra de Šem Ţob "no se escribió para esmaltar curiosamente la historia literaria del siglo XIV" (Castro 561), sino que se trataba de un hito de especial importancia en la misma. Al margen de los casi siempre tan habituales como envenenados dardos académicos en la batalla por el canon literario (Beltrán, "El canon" 75), no podemos dedicar demasiado tiempo a analizar la rica mezcla entre tradición rabínica y elementos hispánicos que conforman la obra cumbre del sabio judío palentino (Sem Tob de Carrión, 22–38; Díaz-Mas y Mota Placencia), sino apenas realizar un somero análisis de su componente político, con la ayuda de otros trabajos en la abigarrada bibliografía dedicada a glosar obra y autor (Zemke).

La crítica medieval ha solido aceptar con pocas reservas la sospecha de Ignacio González Llubera (5), acerca de que la redacción de los Proverbios morales tuvo lugar no mucho antes del fatídico año de 1360, en el que la buena relación entre la minoría hebrea castellana y su rey se quebró por un siniestro motivo: la singular iracundia del monarca cayó con todo su peso sobre su almojarife judío, Samuel ha-Levi Abulafia (Kayserling 370–71). Acusado de una irregularidad que no cometió pero que sus enemigos hicieron recaer [End Page 119] en él (Taggie 198–99), el tesorero fue encerrado en las Atarazanas de Sevilla hasta su injusta muerte acusado de traición (López de Ayala, Crónicas 256–58). Si bien es legítimo pensar que los judíos asumieran con disgusto el triste destino de quien ya era famoso por financiar la construcción y el desarrollo de la toledana sinagoga del Tránsito (Goldman), no existe ninguna prueba material que apoye semejante cronología para la redacción de la obra. De hecho, en tiempos más recientes se ha especulado con que, al menos de forma parcial, los Proverbios morales debieron de haber sido compuestos hacia 1345 (Prilutsky).

Tales especulaciones, en realidad, solo sirven para apuntalar que los judíos –como más tarde pasará con los conversos– no se distinguieron por apoyar aleatoriamente a uno o a otro monarca según las circunstancias políticas de la época, sino que lo único que les interesaba era fomentar una monarquía fuerte y estable que los mantuviera al margen de problemas sociales (Perea Rodríguez, "Enrique IV" 170–72), como súbditos del rey que eran (Molina Molina y Lara Fernández 11–12). La angustia y la ansiedad de los judíos ante los acontecimientos del pasado la transmite de forma inmejorable Šem Ţob, algo que –curiosamente– coinciden en señalar tanto los dos antagonistas de antaño (Sánchez Albornoz: 491; Castro 563) como algunos críticos modernos (Wacks 19–20; Díaz-Mas y Mota Placencia, Proverbios morales 78).

Hoy día, con la ventaja a posteriori de saber cómo fue el final de la contienda, la obra nos resulta difícil de entender si no la enmarcamos dentro de aquella realidad vital en que fue compuesta. Por este motivo, hay que ser conscientes de que los versos de la dedicatoria de Šem Ţob al monarca "fueron escritos no solo con seriedad, sino con esperanza" (Díaz-Mas 32). Šem Ţob parece sin duda hablar por todos los judíos que –en términos siempre relativos– vivían una situación de cierta estabilidad con Pedro I (Taggie 191–92). Por eso no hay duda de que veían al monarca como aquel poderoso regidor que se podría haber convertido en su garante y adalid de no haber mediado la discordia civil que cercenaría de raíz tales posibilidades: [End Page 120]

Señor, Rey noble, alto:que viene dezir Santo,comunalment trobadode sofía sacado,Quand el Rey don Alfonsocommo quando el pulsoque luego non cuidavana ellos fincava,Quando la rosa secael agua d'ella fincaSí, vós fincastes d'éle fazer lo que élCommo la debda mía,con la qual yo podríaSeñor, a merçé vosraque por muito que …rosaoí este sermónjudío de Carrión;de glosas moralmente,segunt qu'í va siguiente.finó, fincó la gentefallesçe al doliente,qué tan grant mejoríani omne lo entendía.e en el su tienpo sale,rosada, que más vale.para mucho turarcobdiçiava librar.qu'a vos muy poco monta,bevir sin toda onta,gradeçer non me trebo,non diría o que debo.

(27–28)4

No es este el lugar indicado para explicar cómo la imagen del gobernante vigoroso deseado por los judíos es perfilada hábilmente por el rabí de Carrión, pues este aspecto ya ha sido analizado con minuciosidad (Díaz-Mas, "Un género"). Volvamos, pues, al razonamiento antes mencionado de Dutton acerca de los cambios en la lírica producidos después de los nuevos aires representados por la composición de Alfonso XI. Al margen de los versos gnómicos de Šem Ţob, no encontramos ni un solo poema en el que se mencione a Pedro I en los ciento treinta años siguientes a su deposición y muerte.5 En resumen: durante el siglo y medio de auge máximo de aquella poesía de cancionero nacida justo al inicio del conflicto civil, la cultura poética inclinó por completo su cerviz ante la monarquía Trastámara, convirtiéndose en canal preferente de la emisión de discursos e imágenes [End Page 121] apologéticas a favor de la causa política de la dinastía reinante. Si en ocasiones me he atrevido a utilizar la expresión "la lírica de los Trastámara" como sinónimo de poesía de cancionero es precisamente porque el único elogio contemporáneo a Pedro I se encuentra nada menos que en la poesía escrita en lengua inglesa. Fue Chaucer, en su conocido Monk's Tale, quien, por boca del monje narrador de varias y recordadas tragedias de todas las épocas (Savage 361–62), ofreció al depuesto y finado monarca castellano la alabanza poética que los poetas de su tierra natal le negaban:

O noble, o worthy Petro, glorye of Spayne!Whom Fortune heeld so hye in magestee,Wel oghten men thy pitous deeth complaine.Out of thy land thy brother made thee flee

And, after a seege by subtiltee,Thou were bitraysed, and land unto his tente,Where as he with his owene hand slow thee,Succedynge in thy regne and in thy rente.

(489)

Dejando al margen el que la representación del rey castellano diseñada por Chaucer responde a unos intereses estéticos y políticos determinados (Houlik-Ritchey 124), hay que señalar algo mucho más importante respecto a la falta de referencias petristas en los cancioneros castellanos. Existe una excepción a esta norma, pero muy oscurecida por elementos que nos llevan a cuestionar su validez como testimonio. Se trata de un conocido poema (ID 0128, PN1–308 fols. 108v-109r: "Amor cruel e brioso"), atribuido al legendario trovador Macías el Enamorado (Dutton 7: 481). Tenemos aquí a un poeta cuya finísima pluma ha recibido tantas alabanzas cuantas dudas alberga aún su confusa biografía (Zinato 8–11), trufada de componentes legendarios que hacen muy difícil deslindar persona de personaje (Bances Candamo 36–41; Tato García, "Apuntes" 12–14). Esta tarea se antoja todavía más difícil si, como de forma razonable se arguye en un reciente estudio, la presencia de un juglar gallego de nombre Macías se ha documentado no en el siglo XIV, en el que habitualmente se enmarcaba al trovador, sino en el siglo XIII (Romaní Martínez y Otero Piñeyro Maseda). A pesar de lo apasionante del tema, debemos restringirnos aquí tan solo a señalar que [End Page 122] la citada composición de Macías se vincula a Pedro I por la rúbrica que la precede en el Cancionero de Baena: "Esta cantiga fizo Maçías contra el Amor, empero algunos trobadores dizen que la fizo contra el Rey don Pedro" (Dutton y González Cuenca, Cancionero de Juan Alfonso de Baena 548). Aunque la información procedente de las rúbricas de los cancioneros suele ser habitualmente dada por veraz (Tato García, "De rúbricas" 63–64), aquí existen dudas más que evidentes con respecto a la redacción de su texto, lo cual afecta a su credibilidad: al poner en boca de "algunos trobadores" su sentido político, la validez se difumina, teniendo además en cuenta que el poema se puede leer en otros cancioneros en los que no se menciona su contenido político referente a Pedro I (Tato García, "Leyendo ID 0128" 552–54).

La ambigüedad amorosa y política con la que se puede interpretar este poema de Macías o, mejor dicho, la "plurisignificación" del mismo (Tato García "Leyendo ID 0128", 554), no es algo nuevo en la poesía de cancionero, pues tenemos varios ejemplos más en los que sucede algo similar. Tal vez el más representativo sea el del poco conocido trovador Gómez Pérez Patiño, que nos ha dejado un dezir (ID 0524, PN1–352 fol. 130v: "Sobre negro no ay tintura"), cuya ambigüedad ha sido ya analizada (Blecua 77–78; Álvarez Ledo 831–35). El sentido político del mismo, totalmente visible en el Cancionero de Baena al estar en la órbita de las composiciones dedicadas a Leonor López de Córdoba, la privada de la Reina Catalina de Lancáster (Perea Rodríguez, "Tensiones políticas"), deja paso a una interpretación más en clave del amor cortés en los otros cancioneros que lo contienen, MH1 y SA7 (Morrás 369). Sospecho que lo mismo podría haber sucedido en el caso del poema de Macías relacionado con Pedro I: si alguna vez tuvo un sentido político, algo dudoso salvo su uso precisamente como propaganda antipetrista (Tato García, "Leyendo ID 0128" 562), fue más tarde eliminado en beneficio del sentido amoroso, en consonancia con las líneas de la propaganda trastamarista (Dutton y González Cuenca, Cancionero de Juan Alfonso de Baena 548 n308) y también más acorde con la poesía amorosa que iba a ser mayoritaria en las cortes literarias hispánicas del siglo XV (Beltrán, "La poesía" 18). [End Page 123] A través de estos casos de composiciones albergadas en cancioneros castellanos vemos cómo la propagación de un discurso político de legitimación favorable a la monarquía Trastámara tiene elementos ciertamente comunes a otros reinos europeos (Alfonso, Kennedy y Escalona). Por este motivo, no podemos sorprendernos de que los discursos ideológicos favorables a la dinastía Trastámara presentaran a Pedro I como un auténtico tirano desde los primeros momentos del conflicto (Gimeno Casalduero 92–111). De acuerdo a estos principios propagandísticos, el comportamiento amoral del rey y la consiguiente ausencia de justicia en el reino fueron los factores que justificarían con suficiencia, a ojos de los sublevados, el a todas luces ilegal destronamiento del monarca legítimo (Valdeón, Pedro I el Cruel 463), si bien en línea con el pensamiento teórico medieval sobre la tiranía (Nieto Soria, "Rex inutilis"). En cambio, sí resulta cuando menos curioso –si no es que bastante significativo– que esta efervescente emisión propagandística fuera mimada por los sucesivos reyes de la dinastía Trastámara tras la finalización de la guerra civil, tratando sin duda de analizar con suma escrupulosidad el contenido ideológico de sus mensajes para que estos apuntalasen su en un tiempo forzada y más tarde forzosa legalidad política.

Por este motivo, resulta lógico señalar que la apología de las virtudes regias con fines propagandísticos alcanzó un grado sumamente apreciable en la literatura cancioneril castellana de la Baja Edad Media (Nieto Soria, "Rex inutilis" 188). En la evolución de los cancioneros del Cuatrocientos se dejan ver dos tendencias claras en la intención propagandística contra Pedro I: la negación de su existencia y el oscurecimiento de su figura histórica durante todo el siglo XV; más tarde sí habrá cierta recuperación de su memoria, coincidiendo con los años de bisagra entre el Cuatrocientos y el Quinientos, época en la cual la otrora hegemónica defensa de la legitimidad Trastámara no fue percibida como asunto de extrema urgencia en la misma medida en que lo había sido en el siglo anterior. Ya adentrados en el siglo XVI, la incipiente recuperación del petrismo dejará paso a una rotunda reivindicación en verso de sus hazañas, llevada a cabo por algunos poetas descendientes del díscolo monarca castellano. A desgranar todo este proceso dedicaremos la segunda parte de este trabajo. [End Page 124]

Óscar Perea Rodríguez
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Footnotes

1. Sigo el manuscrito MSS/8841 de la Biblioteca Nacional de Madrid (BETA Manid 3138), fol. 4va, reproducido en la Biblioteca Digital Hispánica y de libre acceso en Internet: <http://bdhrd.bne.es/viewer.vm?id=0000139639&page=1> [2016–08–23]. Todos los datos producidos en esta investigación están disponibles en línea a través de la base de datos PhiloBiblon – BETA (Bibliografía Española de Textos Antiguos), dirigida por Charles B. Faulhaber. Utilizo los identificadores de PhiloBiblon, tanto de obras (BETA Texid) como de fuentes primarias (BETA Manid), a lo largo de todo este trabajo. Para la discusión sobre esta y otras fuentes historiográficas afines, véase Valdaliso Casanova, "La historicidad".

2. Como es preceptivo, utilizo el sistema ID de Dutton para localizar cancioneros y poemas mencionados en este trabajo, muchas veces citados mediante la base de datos Cancionero Virtual de la Universidad de Liverpool. Este proyecto, que dirige Dorothy S. Severin junto a Fiona Maguire y Manuel Moreno, se consulta en Internet a través del siguiente enlace: <http://cancionerovirtual.liv.ac.uk/> [2016–08–25]. Las composiciones que se citan siguen el método diseñado por Tato García y Perea Rodríguez 93–94.

3. Sin olvidar que el fenómeno del anonimato está también muy presente en los poetas de cancionero (Beltrán, "Anonymity"), todos los nombres de poetas conocidos están censados en el tomo 7 de El cancionero de Dutton. Para más información sobre cómo aproximarse a los problemas de autoría en los cancioneros, véase Perea Rodríguez, Estudio 13–14.

4. Las citas de los versos de Šem Ţob son de la edición de Marcella Ciceri.

5. Obviando, claro está, que una de las fuentes primarias que contiene los Proverbios morales (PhiloBiblon BETA Manid 1229) es en realidad un fragmento del perdido Cancionero de Barrantes (Dutton y Faulhaber). Y tampoco puedo dejar de mencionar otra curiosidad más: ese mismo códice, conservado en la Biblioteca de la Real Academia Española (Fondo Rodríguez-Moñino, RM-73), contiene un "Memorial de los grandes señores e cavalleros de estado qu'el Rey D. Pedro mandó matar" (PhiloBiblon BETA Texid 2244, fol. 15r), aunque la relación está incompleta. Este artículo se inscribe en el marco del proyecto de investigación Memoria de un legítimo rey olvidado: Juan de Gante, Duque de Lancáster, intitulado Rey de Castilla y León (1369–1388), financiado por el Programa Hispanex (convocatoria 2015).

Additional Information

ISSN
1947-4261
Print ISSN
0193-3892
Pages
109-132
Launched on MUSE
2017-09-14
Open Access
Yes
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